El US Open busca nuevas audiencias mientras la etiqueta en cancha queda bajo presión

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El Abierto de Estados Unidos ha convertido la presencia de influencers y creadores de contenido en una apuesta visible para ampliar el alcance comercial y cultural del tenis. Sin embargo, la iniciativa también ha expuesto una tensión propia de los grandes eventos deportivos: cómo atraer a públicos que consumen el espectáculo desde el teléfono sin alterar las condiciones de concentración que exige la competencia. En Flushing Meadows, las quejas ya no se limitan al murmullo habitual de las tribunas. Jugadoras, jueces de silla y aficionados han reportado grabaciones durante los puntos, luces de aro y sesiones de fotos en momentos inapropiados.

Naomi Osaka puso el asunto en primer plano tras reconocer que, durante su partido de primera ronda, pudo escuchar claramente los gritos procedentes de un grupo de invitados. La japonesa, habitualmente capaz de aislarse del entorno cuando juega, describió aquella experiencia como una excepción notable. Más adelante, al avanzar a tercera ronda, mantuvo una posición matizada: valoró que nuevos creadores acerquen el tenis a audiencias distintas, pero reclamó una gestión más estricta de las reglas, especialmente en partidos donde las jugadoras necesitan competir sin distracciones.

La apertura digital duplica su presencia en el torneo

La Asociación de Tenis de Estados Unidos comenzó a invitar formalmente a creadores de contenido en la edición pasada y este año duplicó el número de acreditaciones. El objetivo, según el portavoz Brendan McIntyre, es alcanzar nuevas audiencias, una necesidad estratégica para un deporte que compite por atención con ligas de mayor presencia digital y con formatos de entretenimiento más inmediatos. La lógica es clara: un video breve desde el Arthur Ashe Stadium puede llevar el torneo a usuarios que nunca han seguido un cuadro de Grand Slam ni conocen sus principales figuras.

Ese beneficio, no obstante, no elimina la responsabilidad de quienes reciben acceso privilegiado. Una acreditación no es solo una invitación a producir contenido: también supone el deber de comprender el contexto de trabajo de los deportistas. En tenis, el silencio entre el saque y la devolución no es un gesto ceremonial. Forma parte de un entorno competitivo en el que un ruido, un destello o un movimiento lateral puede interferir con la preparación técnica y mental de una jugadora. La diferencia con otros espectáculos deportivos no es menor: el juego se desarrolla en intervalos de alta concentración y con distancias muy cortas entre la grada y la pista.

Incidentes que revelan un problema de protocolo

La controversia ha tenido episodios concretos. El juez de silla Kader Nouni reprendió a un grupo de influencers que grababa un video desde un palco mientras se disputaba un punto. En otro incidente, ocurrido el lunes por la noche, se utilizó una luz de aro para tomar fotografías. Durante el segundo encuentro de Osaka, la jueza Marijana Veljovic tuvo que pedir en varias ocasiones silencio a los asistentes. La repetición de estas advertencias sugiere que el problema no es un hecho aislado ni únicamente atribuible a la mala conducta individual.

Katerina Siniakova explicó que algunas personas en niveles altos del estadio no perciben cuánto se propaga su conversación hacia la cancha. Esa observación ayuda a entender una dificultad adicional del Arthur Ashe, un recinto gigantesco donde el sonido circula de forma más amplia de lo que muchos espectadores imaginan. La experiencia de asistir a un partido puede llevar a tratar el estadio como un escenario social, con cócteles, fotografías y publicaciones en directo, pero las jugadoras lo viven como su espacio de trabajo. La distancia entre ambas percepciones explica buena parte del conflicto.

La etiqueta como condición para ampliar el público

Coco Gauff planteó una posible vía de corrección al sugerir que las marcas que invitan a influencers incorporen avisos claros sobre etiqueta. Su razonamiento no cuestiona la llegada de nuevos aficionados; reconoce que muchos asistentes están viendo tenis por primera vez y pueden trasladar hábitos adquiridos en partidos de basquetbol u otros eventos. El problema aparece cuando esa falta de familiaridad no se corrige antes de que las personas ocupen zonas privilegiadas del estadio o reciban equipos capaces de producir destellos y grabaciones visibles.

Madison Appel, tenista universitaria, entrenadora e influencer, respondió a las críticas con instrucciones prácticas en TikTok e Instagram. Su planteamiento desplaza el debate desde la identidad de quien asiste hacia su comportamiento: caminar, fotografiar y crear contenido debe reservarse para los descansos, cuando las jugadoras están sentadas y la música eleva el ambiente. Cuando empieza el punto o una tenista se dispone a sacar, corresponde permanecer en el asiento, guardar silencio y observar. Es una distinción relevante porque evita presentar a los creadores como un grupo incompatible con el tenis y apunta a una carencia de orientación verificable.

El límite entre promoción y perturbación competitiva

El torneo ya ha empezado a reaccionar. Las pantallas de video mostraron esta semana un mensaje que pide abstenerse de usar flash y otras luces. La medida atiende una preocupación especialmente señalada por Gauff, aunque Osaka ha dicho percibir más el ruido que los destellos. La coexistencia de ambas quejas indica que una sola regla genérica no bastará: los organizadores necesitan protocolos visibles, personal capaz de intervenir rápidamente y criterios consistentes para advertir o retirar a quien incumpla durante el juego.

Jessica Pegula resumió la incomodidad de muchas jugadoras al recordar que quienes están en la pista intentan rendir en su carrera y en su trabajo. Su observación no rechaza que los influencers muestren la experiencia del US Open, pero advierte de un punto de inflexión cuando las publicaciones interrumpen partidos. Daniil Medvedev, por su parte, considera que las ventajas de popularizar el tenis superan los inconvenientes, mientras Frances Tiafoe ve valor en llenar las gradas con públicos diversos. Esa coincidencia parcial es significativa: el debate no enfrenta modernización contra tradición, sino acceso digital contra falta de normas compartidas.

La solución más sólida pasa por integrar la creación de contenido dentro de la operación del torneo, no por tratarla como una actividad paralela. Acreditaciones con instrucciones obligatorias, zonas específicas para grabar, avisos previos de conducta y sanciones inmediatas ante luces o filmaciones durante los puntos permitirían conservar la exposición que buscan las marcas sin trasladar su costo a las tenistas. El US Open tiene la oportunidad de convertir esta polémica en una regla de convivencia para el deporte: el público nuevo puede transformar la audiencia del tenis, siempre que entienda que la experiencia en la grada no puede imponerse sobre el juego en la cancha.

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