El pacto EE.UU.-Irán erosiona el poder de Netanyahu

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El acuerdo provisional alcanzado entre Estados Unidos e Irán para poner fin a las hostilidades iniciadas en febrero marca un punto de inflexión en la política de Washington hacia Oriente Medio. Lejos de representar únicamente un ajuste táctico, el pacto revela cómo la estrategia israelí de contención militar sostenida contra Teherán ha perdido peso frente a la prioridad estadounidense de reducir compromisos militares en la región. Este cambio no solo afecta el equilibrio inmediato entre Israel e Irán, sino que altera las dinámicas de poder que Benjamin Netanyahu cultivó durante más de una década.

Netanyahu construyó su identidad política sobre la premisa de que solo él podía alinear los cálculos estratégicos de Washington con los de Jerusalén en el expediente iraní. A través de visitas frecuentes al Congreso y alianzas con sectores republicanos, logró proyectarse como el interlocutor indispensable capaz de influir en presidentes de ambos partidos. Esta narrativa alcanzó su punto más alto durante la oposición al acuerdo nuclear de 2015, cuando el primer ministro israelí utilizó la tribuna del Capitolio para cuestionar directamente la política de Barack Obama.

El nuevo entendimiento entre Donald Trump y las autoridades iraníes invierte esa lógica. Washington ha optado por integrar el conflicto libanés en un marco diplomático más amplio, estableciendo canales directos de negociación con Teherán y mecanismos de gestión de alto el fuego que dejan a Israel en un rol secundario. La decisión de Trump de priorizar la desescalada responde a un cálculo interno: evitar quedar atrapado en otra guerra prolongada en Oriente Medio mientras enfrenta presiones domésticas y electorales.

La erosión de la red de influencia israelí

Durante años, Netanyahu utilizó el respaldo republicano como contrapeso ante posibles tensiones con administraciones demócratas. Sin embargo, la actual coyuntura demuestra que ese respaldo no se traduce en una ruptura con Trump cuando los intereses estadounidenses divergen. Los republicanos han evitado confrontar al presidente por el pacto, lo que deja a Netanyahu sin el escudo político que históricamente le permitía resistir presiones de la Casa Blanca. Esta pérdida de autonomía relativa se manifiesta en las advertencias públicas del vicepresidente JD Vance sobre la necesidad de no atacar al único aliado poderoso que le queda a Israel.

El caso de Líbano ilustra con claridad esta divergencia. Mientras Trump busca un marco que permita retirar fuerzas estadounidenses y estabilizar la frontera norte de Israel, Netanyahu considera que cualquier retirada prematura antes de neutralizar a Hezbolá representa un riesgo existencial. La Casa Blanca ha dejado claro que Israel conserva el derecho a defenderse, pero ha condicionado la continuidad del apoyo militar a que las operaciones no saboteen el acuerdo general. Esta tensión obliga al primer ministro israelí a elegir entre continuar operaciones limitadas o aceptar un alto el fuego que deja intacta parte de la infraestructura militar de Hezbolá.

Repercusiones regionales y la normalización estancada

El pacto también ha provocado una recalibración entre los países del Golfo. Arabia Saudita, que Netanyahu esperaba incorporar a los Acuerdos de Abraham como pieza central de su legado, ha ralentizado los contactos con Israel y ha reabierto canales cautelosos con Teherán. Esta decisión responde a una percepción compartida en Riad y otras capitales: el Israel de Netanyahu aparece cada vez más como un actor que genera inestabilidad en lugar de ofrecer estabilidad. La guerra de Gaza y la cuestión pendiente de la anexión de Cisjordania han erosionado la lógica que sustentaba la normalización económica y diplomática.

Iran, por su parte, ha aprovechado el margen creado por el acuerdo para presentarse como actor regional más influyente. Funcionarios iraníes han señalado que varios países que antes consideraban ampliar los Acuerdos de Abraham ahora buscan insertarse en un marco emergente más cercano a Teherán. Esta dinámica debilita la apuesta estratégica central de Netanyahu: debilitar al liderazgo teocrático iraní y expandir el círculo de normalización. Ninguno de los dos objetivos se ha materializado tras meses de conflicto.

Consecuencias internas y el horizonte electoral

En el plano doméstico, Netanyahu enfrenta una base electoral dividida entre quienes exigen mantener la presión militar y quienes temen un choque abierto con Washington. El exasesor Aviv Bushinsky ha descrito el acuerdo como un golpe doble: la pérdida de la guerra contra Irán y la fractura de la relación personal con Trump. Esta combinación deja al primer ministro aislado tanto internacionalmente como dentro de su propio sistema de alianzas. Las elecciones de otoño se perfilan como un momento de ajuste de cuentas donde el relato de Netanyahu como garante de la seguridad frente a Irán ya no resulta tan convincente.

A largo plazo, el pacto consolida una tendencia más amplia: la creciente autonomía de Estados Unidos respecto a las prioridades israelíes en materia de contención iraní. Israel conserva capacidades militares propias y el derecho a defenderse, pero pierde la capacidad de moldear el marco diplomático en el que esas capacidades se ejercen. La normalización regional, que dependía en parte de una percepción compartida de amenaza iraní, enfrenta ahora un entorno donde varios actores prefieren gestionar el riesgo a través de canales directos con Teherán.

El resultado es un Israel más expuesto a decisiones tomadas en Washington y menos capaz de condicionarlas. Esta nueva realidad obliga a repensar tanto la estrategia de seguridad como el modelo de alianzas que sustentó la política exterior israelí durante la última década.

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