Las abejas no solo podrían orientarse por el Sol, los aromas y las referencias del paisaje. Un estudio publicado en Science Advances halló propiedades magnéticas en 74 de 96 especies analizadas, una proporción que obliga a replantear la idea de que una posible “brújula interna” es exclusiva de las abejas melíferas sociales. La señal apareció en especies que viven en colonias, pero también en abejas solitarias, nocturnas y excavadoras.
El resultado no demuestra por sí solo que todas esas especies utilicen el campo magnético terrestre para navegar. Sin embargo, revela que contienen materiales capaces de responder a campos magnéticos y que este rasgo está mucho más extendido de lo que se suponía. Para la ecología de los polinizadores, el hallazgo abre una pregunta de gran alcance: si tantas abejas conservan esta capacidad física, ¿qué papel desempeña en sus desplazamientos cotidianos y en su supervivencia?

Una hipótesis social que no resistió la comparación
Durante décadas, la magnetorrecepción se asoció sobre todo con las abejas melíferas. Estas especies viven en colonias complejas y comunican la ubicación de fuentes florales mediante la conocida danza de las abejas, que codifica dirección y distancia. Como esa información se relaciona con la posición solar y con la orientación espacial, parecía razonable pensar que la sensibilidad al campo geomagnético podía ser una adaptación ligada a la vida colectiva.
La investigación dirigida por Laura Russo, profesora de Ecología y Biología Evolutiva en la Universidad de Tennessee, puso esa explicación a prueba. El equipo comparó especies sociales con especies solitarias de distintas ramas evolutivas. Los ejemplares secos fueron triturados y el polvo resultante se examinó con un magnetómetro, un instrumento que permite cuantificar la respuesta de un material ante un campo magnético.
La sorpresa fue que las abejas que viven solas también mostraron magnetismo apreciable. Incluso una pequeña especie social de la familia Halictidae presentó una respuesta intensa. En lugar de concentrarse en un único grupo con una organización social sofisticada, el fenómeno apareció a lo largo del árbol evolutivo de las abejas. La primera conclusión fue clara: la presencia de materiales magnéticos no puede explicarse únicamente por la necesidad de coordinar vuelos colectivos o transmitir indicaciones dentro de una colonia.
Las diferencias existen, pero no cambian el patrón general
El estudio sí detectó variaciones. Las abejas de mayor tamaño tendían a ser más magnéticas; las sociales, en promedio, superaban a las solitarias; y las que anidan en cavidades mostraban señales más fuertes que las que construyen nidos en el suelo. Estos contrastes podrían reflejar diferencias anatómicas, metabólicas o ecológicas, aunque todavía no permiten identificar una función concreta.
Lo decisivo es que esas tendencias no borran la amplitud del hallazgo. Se detectó magnetismo en las diferentes familias examinadas, incluidas abejas nocturnas, especies terrestres y especies que viven en nidos expuestos o en colmenas. Los investigadores también evaluaron insectos de otros grupos —escarabajos, avispas y moscas— y encontraron respuestas magnéticas. Ese contexto comparativo refuerza una interpretación evolutiva: el magnetismo probablemente antecede al origen de las abejas y representa un rasgo antiguo, conservado en múltiples linajes de insectos.
Del mineral a la orientación hay un salto pendiente
La cautela científica es esencial. Detectar magnetismo no equivale a probar magnetorrecepción. La magnetorrecepción implica que un organismo perciba activamente el campo magnético terrestre y lo use para orientarse, navegar o tomar decisiones. Demostrarlo exige experimentos con animales vivos, en condiciones controladas y alejadas de las múltiples señales ambientales que normalmente guían el vuelo: luz, temperatura, olores, relieve y memoria espacial.
En las abejas melíferas existe evidencia particularmente sólida. Algunas han sido entrenadas para distinguir anomalías magnéticas locales, una respuesta difícil de atribuir a otros estímulos. En cambio, para muchas de las especies analizadas ahora, la inferencia sigue siendo indirecta: si presentan señales magnéticas iguales o superiores a las de las abejas melíferas, podrían tener capacidad magnetorreceptiva, pero el estudio no puede confirmarlo.
Esta distinción importa porque evita convertir una pista física en una certeza conductual. La magnetorrecepción es uno de los sentidos animales más debatidos precisamente porque puede funcionar como respaldo y no como guía principal. Un insecto podría recurrir al campo terrestre cuando el cielo está cubierto, al atravesar un paisaje visualmente uniforme o al regresar a un nido poco visible, sin que ese mecanismo sea dominante durante todos sus desplazamientos.
Una nueva variable para entender la vulnerabilidad de los polinizadores
El trabajo tampoco identifica dónde se localizan los materiales magnéticos ni cómo operarían. Las señales variaron entre partes del cuerpo, pero no quedaron restringidas a una sola región. Esa observación debilita explicaciones demasiado simples, como una dependencia exclusiva de criptocromos fotosensibles en los ojos, y sugiere que podrían intervenir varios tejidos o mecanismos. Entre los candidatos figura la magnetita, un compuesto de hierro utilizado por algunos animales para detectar campos magnéticos.
La consecuencia más profunda no es que las abejas hayan adquirido de repente un nuevo sentido, sino que la investigación amplía el mapa de lo que aún desconocemos sobre ellas. Si la orientación magnética está distribuida entre polinizadores silvestres, las alteraciones del entorno electromagnético, la pérdida de hábitat y los cambios en los paisajes podrían tener efectos más complejos de lo previsto. Antes de atribuirles un impacto directo, harán falta ensayos de comportamiento por especie. Pero el estudio ya desplaza la pregunta: la brújula de las abejas podría no ser una rareza de las colmenas, sino una herencia antigua que aún participa, de maneras poco visibles, en la vida de muchos insectos.
