La red de aliados armados construida por Irán durante cuatro décadas no ha desaparecido, pero atraviesa una transformación profunda. Las guerras iniciadas o intensificadas tras el ataque de Hamás del 7 de octubre de 2023, la caída del régimen de Bashar al-Asad en Siria y los ataques directos contra territorio iraní han demostrado que las organizaciones vinculadas a Teherán no responden de manera automática a una misma cadena de mando. El llamado “eje de la resistencia” conserva valor militar y político, aunque funciona cada vez menos como una alianza coordinada y más como un conjunto desigual de grupos con intereses propios.
Una red concebida para mantener la guerra lejos de Irán
La estrategia iraní nació en la década de 1980, cuando el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica comenzó a entrenar y financiar a Hezbolá en el Líbano. Teherán veía a las milicias árabes como una defensa avanzada frente a Israel, Estados Unidos y otros adversarios regionales. Estos grupos permitían proyectar poder sin exponer directamente al ejército convencional iraní y, al mismo tiempo, trasladaban el coste de la confrontación a países vecinos.
Durante años, el modelo pareció eficaz. Hezbolá desarrolló un arsenal de más de 100.000 cohetes y misiles antes de 2023; Hamás mantuvo una estructura militar capaz de lanzar ataques de gran escala; las milicias chiíes iraquíes ampliaron su influencia dentro del aparato estatal, y los hutíes pasaron de ser una insurgencia local yemení a convertirse en una fuerza capaz de amenazar la navegación en el mar Rojo. La red no era homogénea, pero compartía financiación, armas, entrenamiento y una narrativa común de resistencia.

Hezbolá: de socio estratégico a estructura tutelada
El caso de Hezbolá ilustra mejor que ningún otro la pérdida de autonomía dentro del eje. Hasta la muerte de Hassan Nasrallah, asesinado por Israel en 2024, el movimiento libanés era considerado el aliado más poderoso de Irán. Nasrallah defendía la ideología revolucionaria iraní, pero también preservaba un margen de decisión propio y se presentaba como un dirigente de igual a igual.
La situación cambió tras la eliminación de numerosos comandantes, el desgaste de su arsenal y la presión del Gobierno libanés para que entregue sus armas. Naim Qassem, sucesor de Nasrallah, carece del mismo peso político y carisma. En este contexto, la Guardia Revolucionaria habría enviado personal al Líbano para ejercer un control más directo, reduciendo el espacio de maniobra de la organización. La paradoja es que Teherán parece dispuesto a supervisar con mayor rigor a un aliado que, precisamente, ha perdido parte de su capacidad operativa.
El interés iraní en preservar a Hezbolá ya no depende únicamente de su eficacia militar. Su desaparición supondría un golpe simbólico para la credibilidad regional de Irán, debilitaría su posición en el Líbano y cuestionaría la promesa de que sus aliados pueden resistir incluso bajo una presión extrema. Por eso, el movimiento podría sobrevivir como institución, aunque con menos iniciativa y una función más defensiva.
Los hutíes marcan sus propios límites
En el extremo opuesto se encuentran los hutíes de Yemen. Irán contribuyó decisivamente a mejorar sus capacidades militares, pero llegó después de décadas de organización local. Esa trayectoria explica su resistencia a convertirse en un instrumento subordinado. Desde el inicio de las guerras posteriores al 7 de octubre, su participación ha fluctuado según sus cálculos internos, no siempre en función de las prioridades iraníes.
Los hutíes han aprendido a producir una parte creciente de sus armas y buscan relaciones internacionales propias. Sus contactos con Rusia y China, así como sus vínculos con otros actores armados de la región, muestran que la asistencia iraní ya no es su única fuente de poder. Teherán y Saná comparten enemigos, especialmente Estados Unidos, Israel y Arabia Saudita, pero esa coincidencia no equivale a obediencia. El movimiento yemení puede actuar en coordinación con Irán cuando obtiene ventajas, pero también puede limitar su implicación para proteger su control territorial y su posición negociadora.
Irak y Hamás revelan la competencia por la autonomía
Las milicias chiíes iraquíes ocupan una posición intermedia. Muchas surgieron tras la invasión estadounidense de 2003 y recibieron armas y dinero iraníes, pero hoy dependen también del Estado iraquí, que mantiene bajo su nómina a más de 200.000 milicianos. Esa integración institucional ha modificado sus incentivos. Atacar a fuerzas estadounidenses puede reforzar su imagen de resistencia, pero una confrontación abierta con Bagdad amenazaría sus recursos, sus cargos y su influencia política.
La supuesta creación de pequeñas células bajo asesoramiento iraní para atacar a Estados del Golfo sugiere que las milicias más grandes no siempre están dispuestas a asumir operaciones que podrían perjudicar su relación con el Gobierno iraquí. Teherán conserva capacidad para impulsar acciones clandestinas, aunque ya no controla con la misma facilidad a todo el ecosistema armado.
Hamás plantea otra dificultad. Su identidad suní lo convirtió desde el principio en un socio atípico dentro de una red predominantemente chií. La relación se deterioró por el respaldo iraní a Asad durante la guerra siria, pero nunca se rompió por completo debido al valor central de la causa palestina para la legitimidad del régimen iraní. El nuevo liderazgo de Hamás podría mantener una relación estrecha con Teherán, mientras otros dirigentes buscan mayor apoyo de Turquía y de las monarquías del Golfo. La ayuda iraní, por tanto, podría conservar un fuerte componente retórico aunque sea más limitada en términos materiales.
Menos recursos, más selección estratégica
La fragmentación también responde a una restricción económica. La guerra ha causado daños valorados en cientos de miles de millones de dólares, mientras Estados Unidos bloquea puertos y endurece las sanciones. La caída de Asad interrumpió además la ruta terrestre que conectaba Irán con el Líbano. Reconstruir simultáneamente las capacidades de Hezbolá, Hamás, las milicias iraquíes y los hutíes exigiría recursos que Teherán no parece tener.
La consecuencia más probable no es el final del eje, sino su reestructuración. Irán priorizará a los grupos cuyo valor simbólico o geográfico sea mayor, ejercerá un control más estrecho sobre los debilitados y tolerará mayor autonomía en aquellos que puedan sostenerse por sí mismos. Algunos aliados permanecerán bajo tutela; otros actuarán como socios ocasionales y unos pocos podrían convertirse en actores prácticamente independientes.
El resultado recordará parcialmente a la pérdida de influencia soviética sobre sus aliados durante la década de 1980, cuando Moscú dejó de financiar generosamente a sus satélites. La comparación tiene límites: los grupos respaldados por Irán no dependen de un único bloque internacional y algunos pueden diversificar sus alianzas. Precisamente por eso, el desafío para Teherán no será solo mantener una red militar, sino evitar que sus integrantes conviertan la autonomía adquirida en una competencia abierta por recursos, territorio y legitimidad regional.
