El ajenjo puede ayudar a frenar plagas, pero su uso exige dosis moderadas y vigilancia

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El ajenjo (Artemisia absinthium) empieza a ganar espacio entre quienes buscan reducir el uso de productos sintéticos en huertos y jardines. Su olor penetrante y su sabor amargo están relacionados con compuestos del aceite esencial que pueden repeler insectos, disminuir su alimentación y afectar a ciertas larvas o ácaros. Sin embargo, su utilidad no debe confundirse con la de un insecticida universal: la respuesta cambia según la plaga, la concentración, el método de preparación y la sensibilidad de la planta tratada.

Una defensa vegetal con efectos comprobados, aunque variables

Las investigaciones realizadas en laboratorio han identificado varias vías de acción. Los compuestos volátiles del ajenjo pueden desorientar o alejar a algunos insectos; sus extractos también han mostrado efectos de contacto o por exposición en determinadas especies. Además, ciertas sustancias amargas actúan como inhibidores de la alimentación, lo que puede limitar el daño en hojas y brotes incluso cuando no elimina por completo la infestación.

La evidencia más consistente se relaciona con ácaros, algunos gorgojos que atacan granos almacenados y determinadas larvas. También se ha estudiado su actividad frente a la araña roja de dos manchas (Tetranychus urticae) y al psílido asiático de los cítricos. En el jardín, no obstante, los resultados suelen ser menos previsibles que en condiciones controladas. La lluvia, la radiación solar, la superficie de las hojas y el estado de la plaga pueden reducir rápidamente el efecto del preparado.

Qué plagas puede ayudar a mantener bajo control

En aplicaciones domésticas, el ajenjo se utiliza principalmente como apoyo preventivo o repelente. Puede contribuir a reducir la presencia de pulgones, mosca blanca, ácaros —incluida la araña roja—, orugas y algunas larvas que consumen hojas. También se le atribuye una acción limitada contra cochinillas, escarabajos, gorgojos y hormigas. En estos últimos casos, el efecto suele consistir más en dificultar el tránsito o la alimentación que en destruir las colonias.

La diferencia entre “repeler” y “controlar” es fundamental. Un olor desagradable puede hacer que ciertos insectos abandonen temporalmente una planta, pero no necesariamente interrumpe su ciclo reproductivo ni resuelve una infestación establecida. Por esa razón, la observación debe preceder a la aplicación: conviene identificar el insecto, revisar el envés de las hojas y valorar si el daño continúa antes de rociar toda la planta.

Una receta sencilla para comenzar con menor riesgo

Para preparar un extracto básico pueden utilizarse 30 gramos de ajenjo seco o unos 300 gramos de planta fresca por cada litro de agua. La planta se trocea y se coloca en un recipiente de vidrio o plástico; después se añade el agua a temperatura ambiente y se deja reposar durante 24 horas en un lugar sombreado. El recipiente debe quedar cubierto, pero no cerrado de manera hermética.

Una vez transcurrido ese tiempo, el líquido se filtra con una tela o un colador fino para retirar los restos vegetales y evitar que se obstruya el atomizador. Antes de aplicarlo, se recomienda diluirlo con una cantidad equivalente de agua. Así, por ejemplo, 500 mililitros de extracto se mezclan con 500 mililitros de agua. La mezcla debe prepararse en pequeñas cantidades y utilizarse en pocos días.

Algunas recetas prolongan el reposo entre siete y diez días para obtener una preparación fermentada más intensa. Ese procedimiento produce un olor fuerte y eleva el riesgo de fitotoxicidad, especialmente en hojas tiernas o plantas debilitadas. Por ello, para un uso doméstico prudente resulta preferible empezar con el extracto de 24 horas y aumentar la concentración sólo si una prueba localizada demuestra que la planta lo tolera.

La prueba en una hoja es parte del tratamiento

Antes de rociar el cultivo completo, se debe aplicar una pequeña cantidad en una hoja o en una zona poco visible y esperar entre 24 y 48 horas. La aparición de manchas, bordes quemados, deformaciones o caída de hojas indica que es necesario suspender el uso o diluir más el producto. Las plantas jóvenes, los helechos, las suculentas y los ejemplares sometidos a sequía o calor requieren especial cautela.

La aplicación debe realizarse al atardecer o a primera hora de la mañana, sin sol directo ni viento. Es importante cubrir el envés de las hojas, donde suelen concentrarse pulgones, mosca blanca y ácaros, pero evitando las flores abiertas. Las pulverizaciones pueden repetirse cada cinco o siete días mientras se observe la plaga, siempre que no aparezcan daños en el follaje. Cuando la población disminuya, el tratamiento debe detenerse.

Por qué no conviene usarlo como solución única

El ajenjo contiene compuestos que pueden afectar organismos beneficiosos, incluidos polinizadores y otros insectos que ayudan a mantener el equilibrio del jardín. También presenta posible actividad alelopática: sus extractos pueden interferir con la germinación o el crecimiento de plantas cercanas. Sembrarlo junto a semilleros o aplicarlo de forma rutinaria sobre cultivos sensibles puede producir un problema distinto del que se pretendía resolver.

El aceite esencial requiere una precaución todavía mayor. No debe verterse directamente en agua ni aplicarse sin una formulación adecuada, porque su alta concentración puede quemar el follaje y aumentar la exposición de personas y animales. Al manipular el ajenjo conviene utilizar guantes, no ingerir el preparado y desecharlo si desarrolla moho o un olor claramente putrefacto.

En una estrategia de manejo integrado, el extracto de ajenjo tiene más sentido como una herramienta complementaria. Retirar manualmente las hojas muy afectadas, lavar el envés con un chorro de agua, mejorar la ventilación y favorecer la presencia de insectos benéficos suelen ser medidas tan importantes como el rociado. Cuando la infestación es extensa o la planta muestra un deterioro rápido, identificar correctamente la plaga y recurrir a recomendaciones técnicas resulta más seguro que aumentar indiscriminadamente la concentración del preparado.

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