El acoso cotidiano alcanza a más del 95% de las mujeres consultadas cerca de la Universidad de La Habana

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Más del 95% de las mujeres consultadas en una investigación sobre los alrededores de la Universidad de La Habana afirmó haber sufrido alguna forma de acoso físico, persecución o exhibicionismo. El dato, recogido en la tesis de Sociología La deshumanización de un sexo: acoso sexual callejero en el entorno de la Universidad de La Habana, revela que estas conductas no constituyen episodios aislados, sino una experiencia ampliamente extendida en uno de los espacios urbanos más transitados y simbólicos de la capital cubana.

Una mayoría expuesta a agresiones normalizadas

El estudio, elaborado por Paula Amalia Ríos Maldonado, documentó distintas expresiones de hostigamiento en la zona universitaria. Entre ellas aparecen los gestos sexuales realizados por desconocidos, los silbidos, los bocinazos desde vehículos y los seguimientos en la vía pública. La amplitud del porcentaje principal adquiere mayor relevancia cuando se observa el detalle de las experiencias: el 75,6% de las encuestadas dijo haber recibido gestos sexuales de personas desconocidas; el 73,2% señaló que le tocaron la bocina desde vehículos y el mismo porcentaje reportó haber sufrido silbidos. Además, el 41,5% afirmó que había sido perseguida.

Los resultados fueron citados por el Servicio de Noticias de la Mujer de Latinoamérica y el Caribe, SEMlac, en un reporte que vincula el acoso callejero con otras formas de violencia ejercidas en espacios públicos y digitales. En las inmediaciones de la Facultad de Artes y Letras, cerca de la calle G, en el municipio de Plaza de la Revolución, la investigación también identificó la masturbación pública como una práctica recurrente. Del grupo de mujeres que declaró haber sido víctima de exhibicionismo, el 46% indicó que el hecho ocurrió precisamente en esa zona.

Cuando la “broma” se convierte en una forma de control

La jurista Sara Ida Hernández Valdés, responsable de la mentoría DoyDas, explicó a SEMlac que existe una aceptación social extendida de estas conductas. Los piropos no deseados, los comentarios sobre la apariencia, las miradas intimidantes y las invasiones del espacio personal suelen presentarse como costumbres, expresiones de la cultura popular, humor o bromas. Esa manera de nombrarlas desplaza la atención desde el daño causado hacia la supuesta intención de quien agrede, y contribuye a que las víctimas duden de la legitimidad de su malestar.

El problema no reside únicamente en cada episodio, sino en la repetición y en la expectativa de que pueda ocurrir nuevamente. Hernández Valdés advirtió que la exposición constante produce hipervigilancia crónica, desgaste psicológico y la necesidad de anticipar posibles agresiones durante actividades ordinarias: caminar por la calle, utilizar el transporte público o participar en espacios digitales. Incluso cuando no hay lesiones corporales, la persona puede verse obligada a modificar sus recorridos, su vestimenta, sus horarios o la forma en que utiliza los espacios públicos.

El impacto va más allá de las calles

Las redes sociales han ampliado el territorio en el que se ejercen estas presiones. La vigilancia, las burlas, las descalificaciones y los mensajes destinados a controlar o desacreditar a las mujeres trasladan al ámbito digital dinámicas que antes se asociaban principalmente con la interacción presencial. La conexión permanente puede convertir el teléfono y las plataformas sociales en extensiones del espacio de riesgo, especialmente cuando las agresiones se repiten, se coordinan entre varias personas o se utilizan para erosionar la reputación de la víctima.

La socióloga Anaclara León Pérez, investigadora del Instituto Cubano de Investigación Cultural Juan Marinello y cocordinadora de la Red Feminista Universitaria, señaló que la exposición no se distribuye de manera uniforme. El género se combina con la clase social, el color de piel y el lugar de residencia, factores que pueden aumentar la vulnerabilidad o limitar las herramientas disponibles para responder. Esta observación impide tratar el acoso como una experiencia idéntica para todas las mujeres: la capacidad de denunciar, cambiar de ruta, pedir apoyo o acceder a redes de protección depende también de las condiciones sociales de cada persona.

El dato universitario plantea una cuestión pública

Que la investigación se concentre en el entorno de una universidad resulta significativo. Los alrededores de un centro educativo deberían favorecer la movilidad, la convivencia y el acceso seguro a la formación, pero los resultados muestran que la presencia cotidiana de estudiantes y trabajadoras no elimina las agresiones. Al contrario, la concentración de peatones, vehículos y zonas de tránsito puede ofrecer múltiples oportunidades para el hostigamiento, mientras la normalización social reduce la presión para prevenirlo.

La principal implicación del estudio es que el acoso no puede medirse solo por los casos que llegan a una denuncia formal. Muchas conductas se minimizan precisamente porque han sido incorporadas a la rutina: un silbido se interpreta como una molestia menor, un seguimiento como una coincidencia y un acto de exhibicionismo como un incidente que debe olvidarse. Sin embargo, la acumulación de esos episodios restringe la libertad de movimiento y distribuye de manera desigual el derecho a ocupar la ciudad.

Los porcentajes registrados cerca de la Universidad de La Habana convierten una percepción individual en un problema verificable. La respuesta, por tanto, exige reconocer las agresiones, mejorar las vías de atención y discutir las responsabilidades de las instituciones, la comunidad universitaria y el entorno social. Mientras el acoso continúe cubriéndose con el lenguaje de la costumbre o del humor, sus efectos seguirán siendo tratados como inevitables, aunque para muchas mujeres determinen diariamente por dónde caminar, cuándo salir y cuánto espacio pueden ocupar.

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