El 2 de septiembre reúne cultura, medicina y la memoria de una ejecución que marcó al Perú

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El 2 de septiembre concentra en el calendario peruano hechos de naturaleza muy distinta, pero conectados por una misma función de las efemérides: volver visibles procesos que, fuera de su aniversario, suelen quedar fragmentados entre la historia local, la cultura popular y los registros institucionales. La fecha recuerda la presentación del torero Ángel Custodio Valdez en Madrid en 1883, el nacimiento del guitarrista José “Pepe” Torres Ventocilla en 1941 y el Día del Neurólogo Peruano. También remite al caso de Udilberto Vásquez Bautista, ejecutado en Cajamarca en 1970 y convertido con el paso del tiempo en una figura de devoción popular.

Una fecha que obliga a distinguir memoria y precisión histórica

El episodio de Vásquez ocupa el lugar más sensible de esta conmemoración porque combina un antecedente penal, un cambio legislativo y una memoria comunitaria que no siempre coincide con el expediente judicial. Fue condenado por la violación y el asesinato de una niña de 11 años en Chota, Cajamarca, delito cometido en 1966. Inicialmente recibió una pena de 25 años de prisión, pero la apelación llevó el caso a la Corte Suprema, que elevó la sanción a la ejecución mediante fusilamiento.

La ejecución se realizó el 11 de septiembre de 1970 en la cárcel pública de Cajamarca, durante el régimen militar de Juan Francisco Velasco Alvarado. El caso se inscribió en la aplicación del Decreto Ley 17388, promulgado en 1969, que contemplaba la pena de muerte para violación sexual seguida de homicidio. Su relevancia histórica está bien delimitada: fue la última ejecución civil por pena de muerte registrada en el Perú. No fue, sin embargo, la última aplicación de la pena capital en el país, pues en 1979 fue ejecutado un militar condenado por traición a la patria.

La tumba de Vásquez y las capas de una devoción popular

Décadas después de la ejecución, la tumba de Udilberto Vásquez se transformó en un lugar de visitas y pedidos de favores para parte de la población cajamarquina. Algunas versiones populares sostienen que fue inocente o que asumió la responsabilidad para proteger a otra persona. Esas afirmaciones no modifican la sentencia ni sustituyen la evidencia judicial que sustentó el proceso, pero sí revelan cómo las comunidades pueden resignificar a figuras asociadas a hechos traumáticos.

La coexistencia entre condena judicial y devoción no debe simplificarse como una absolución retrospectiva. Más bien expresa una tensión frecuente en la memoria popular: la distancia entre la decisión del Estado, las dudas transmitidas oralmente y la necesidad colectiva de convertir una muerte violenta en un relato con sentido. El caso conserva valor para examinar la historia de la pena de muerte en el Perú y para recordar que la precisión sobre sus últimos usos resulta esencial en cualquier debate contemporáneo sobre justicia y castigo.

Ángel Custodio Valdez y la proyección del toreo peruano

La fecha también devuelve a la escena a Ángel Custodio Valdez y Franco, nacido el 2 de octubre de 1838 en Ingenio, en la actual provincia de Nasca. Conocido como “El Maestro”, fue uno de los toreros peruanos de mayor proyección en la segunda mitad del siglo XIX. El 2 de septiembre de 1883 se presentó en la Plaza de Toros de Madrid, una actuación relevante porque debió revalidar en España la alternativa que ya había obtenido en el Perú.

Valdez compartió cartel con el español Vicente García, “Villaverde”, frente a toros de la ganadería de Bartolomé Muñoz. Su trayectoria incluyó actuaciones en Montevideo y en diversas plazas peruanas, en una época en que la circulación de artistas y espectáculos ayudaba a construir vínculos culturales entre los países sudamericanos y España. Una de sus tardes más recordadas ocurrió el 24 de mayo de 1885 en la Plaza de Acho, cuando mató a los toros Arabi Pachá y Mucho Ojo. Retirado desde 1909, murió en 1911; su presencia en un bronce instalado en Acho confirma la persistencia de su figura en la memoria taurina del país.

Pepe Torres: la guitarra como oficio, enseñanza y archivo vivo

El 2 de septiembre de 1941 nació en Gorgor, provincia de Cajatambo, José Arturo Torres Ventocilla, conocido artísticamente como Pepe Torres. Su historia reúne varios rasgos de la formación musical popular peruana: el aprendizaje temprano, la cercanía material con el instrumento y la construcción de una carrera que no quedó limitada a la interpretación. Según los relatos sobre su vida, fabricó uno de sus primeros instrumentos con los materiales disponibles a su alrededor.

Torres trabajó como guitarrista, compositor, arreglista, productor y profesor. Participó en espacios televisivos dedicados a la música peruana, acompañó a intérpretes de diferentes géneros y representó al país en giras internacionales con agrupaciones orientadas a difundir repertorios criollos y folclóricos. Su aporte permite entender que la continuidad de esos repertorios depende no solo de voces o grabaciones emblemáticas, sino también de músicos que transmiten técnicas, adaptan arreglos y forman nuevas generaciones de intérpretes.

El reconocimiento a una especialidad decisiva para la salud pública

La jornada coincide con el Día del Neurólogo Peruano, establecido por la Resolución Ministerial N.° 991-2019/Minsa, emitida el 22 de octubre de 2019. La elección del 2 de septiembre recuerda la fundación, en 1938, de la Sociedad de Neuropsiquiatría, Medicina Legal y Ciencias Afines. La conmemoración reconoce a los especialistas encargados de prevenir, diagnosticar y tratar enfermedades que comprometen el cerebro, la médula espinal, los nervios y los músculos.

El sentido actual de esta fecha excede el homenaje profesional. Las enfermedades neurológicas demandan detección temprana, acceso oportuno a especialistas, rehabilitación y continuidad en la atención, condiciones que pueden variar de manera importante según el territorio y la capacidad del sistema sanitario. Al reunir un médico especializado, un músico, un torero y una historia judicial, el 2 de septiembre muestra que las efemérides no son una lista inmóvil de aniversarios: son una oportunidad para observar cómo el Perú conserva, debate y reinterpreta sus distintas memorias.

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