Los ataques con drones ucranianos alcanzaron por primera vez objetivos dentro de la capital rusa el 18 de junio, incendiando la principal refinería de Moscú y obligando a miles de residentes a refugiarse en sótanos y pasillos. El impacto marcó el fin de la relativa inmunidad que el Kremlin había preservado para la ciudad durante más de tres años de guerra.

Según datos oficiales del alcalde Serguéi Sobianin, las defensas aéreas derribaron 180 drones en una sola jornada, superando el récord anterior de marzo. La falta de sirenas oportunas generó críticas generalizadas: los habitantes reportaron que las alertas llegaron hasta una hora después de los estallidos, lo que evidenció fallas en el sistema de protección civil.
Percepción de seguridad erosionada
El episodio revela un cambio estructural: Moscú ya no puede considerarse un retaguardia aislada. Los ataques responden directamente a la intensificación de bombardeos rusos sobre ciudades ucranianas y demuestran que Ucrania ha ampliado su capacidad de alcance estratégico. Analistas como Konrad Muzyka señalan que la frecuencia y precisión de estos golpes seguirán aumentando mientras persista la ofensiva rusa.
Aunque las autoridades minimizaron los daños y descartaron la “lluvia de petróleo” reportada por vecinos, el malestar social es tangible. Un 30 % de las publicaciones rusas de alto impacto en redes sociales tras el ataque ironizó sobre la supuesta “mejor defensa aérea del mundo”. Este tipo de narrativa, aunque minoritaria, indica que la guerra ha dejado de ser un hecho remoto para la población capitalina.
El resultado más relevante no es solo material: se ha fracturado la narrativa oficial de invulnerabilidad. Moscú entra ahora en la misma lógica de riesgo que otras regiones rusas fronterizas han vivido desde 2022, con consecuencias potenciales sobre el respaldo interno al conflicto.
