La incorporación de referencias de asesinos conocidos, películas, novelas y figuras surgidas en internet ha aparecido en distintas investigaciones criminales de las últimas décadas. Un recuento de A&E Crime identifica cinco expedientes en los que los perpetradores mostraron admiración, obsesión o una voluntad explícita de reproducir elementos asociados con relatos violentos. Los casos, ocurridos entre 1990 y 2014, no prueban una relación automática entre el consumo cultural y la violencia, pero sí exponen cómo determinadas obras o personajes pueden ser integrados en fantasías personales preexistentes.
La diferencia es relevante para fiscales, investigadores y especialistas en salud mental. En algunos hechos, las referencias fueron parte de la planificación y de la identidad que los agresores buscaban construir; en otros, funcionaron como una influencia entre varios factores, incluidos conflictos familiares, alteraciones psiquiátricas, deseo de notoriedad o una capacidad previa para ejercer violencia. La evidencia judicial de cada proceso se concentró en las acciones, los documentos y las declaraciones de los acusados, no en atribuir responsabilidad penal a las obras culturales mencionadas.

Un imitador que adoptó la identidad del Zodiaco
Uno de los paralelos más directos fue el de Heriberto “Eddie” Seda, residente de Brooklyn. Desde 1990, Seda envió mensajes a autoridades y medios, empleó una variante del símbolo asociado al Asesino del Zodiaco y afirmó elegir a sus objetivos según sus signos astrológicos. El homicida original había cometido ataques en el norte de California durante la década de 1960 y nunca fue identificado de forma concluyente, por lo que las comunicaciones iniciales llevaron a considerar la posibilidad de que hubiera reaparecido en Nueva York.
Las diferencias de caligrafía y las descripciones del atacante permitieron a los investigadores descartar esa hipótesis y dirigir la pesquisa hacia Seda, quien estaba obsesionado con el caso. Entre 1990 y 1993 atacó a varias personas y tres de ellas murieron. Su detención llegó en 1996, después de disparar contra su hermanastra durante una disputa doméstica. En 1998 recibió condenas de 83 y 152 años de prisión en procesos separados. El caso muestra una imitación consciente: no solo existía interés por un delincuente célebre, sino la adopción de su simbología como una forma de proyectar una identidad criminal propia.
La ficción como guion y como coartada narrativa
El caso del canadiense Mark Twitchell incorporó referencias a la serie Dexter, cuyo protagonista mantiene una vida aparentemente normal mientras asesina de manera sistemática. En 2008, Twitchell alquiló un garaje en Edmonton, creó un perfil falso de citas en internet y atrajo a hombres al lugar. Un primer objetivo consiguió escapar tras encontrarse con un atacante enmascarado. Pocos días después, Johnny Altinger, de 38 años, acudió al mismo garaje y desapareció.
La investigación halló en la computadora de Twitchell un documento llamado Confesiones SK, presentado como ficción sobre un hombre que se convierte en asesino serial. Según los investigadores, el texto contenía coincidencias específicas con los hechos examinados. También se documentó su interés por Dexter y publicaciones en las que decía tener “demasiado en común con Dexter Morgan”. A&E Crime señaló que había instalado una denominada “sala de asesinatos” en el garaje. En 2011 fue declarado culpable de asesinato en primer grado de Altinger y condenado a cadena perpetua.
La existencia de escritos o grabaciones previas resultó decisiva en este tipo de expedientes porque permitió a las autoridades establecer planificación y contrastar la distancia entre una fantasía narrada y una conducta ejecutada. Esa distinción es central: una obra ficticia puede ser citada por un acusado, pero la relevancia judicial surge cuando aparece conectada con actos concretos de preparación, captación de víctimas o encubrimiento.
Dos ataques escolares y el peso de la planificación
En septiembre de 2006, los adolescentes Brian Draper y Torey Adamcik, de Idaho, elaboraron una “lista de la muerte” y grabaron conversaciones sobre la posibilidad de convertirse en asesinos. Ambos compartían interés por películas de terror, especialmente Scream, y por delincuentes notorios. El 22 de septiembre visitaron la casa que Cassie Jo Stoddart, de 16 años, cuidaba. Más tarde regresaron vestidos de oscuro y con máscaras similares a las de Ghostface, el personaje asesino de la saga.
Tras manipular las luces de la vivienda para atemorizar a Stoddart y después de que su novio se retirara del lugar, la atacaron con arma blanca. La joven recibió 29 puñaladas y murió. Las grabaciones recuperadas documentaron parte de las conversaciones previas y de la selección de posibles víctimas. Draper y Adamcik fueron declarados culpables de asesinato en primer grado en 2007 y recibieron cadena perpetua sin posibilidad de libertad condicional. En este expediente, el parecido visual con la ficción no fue el único elemento analizado: la secuencia de preparativos y los registros audiovisuales evidenciaron una decisión previa de cometer el crimen.
Una dimensión distinta apareció en Waukesha, Wisconsin, en 2014, cuando Morgan Geyser y Anissa Weier, ambas de 12 años, atacaron a su amiga Payton Leutner, también de 12, en un bosque cercano. Geyser la apuñaló 19 veces mientras Weier participó en el ataque. Leutner sobrevivió al llegar hasta un carril bici, donde fue encontrada por un ciclista. Las dos menores creían, en distinto grado, en Slender Man, una figura sobrenatural sin rostro creada en internet en 2009, y habían considerado matar para demostrarle lealtad.
Salud mental, responsabilidad y límites de la explicación cultural
El proceso de Geyser y Weier quedó marcado por la evaluación de sus creencias y su estado mental. Geyser fue internada en una institución psiquiátrica por un período máximo de 40 años, mientras que Weier recibió una condena de hasta 25 años. El caso puso de relieve que las narrativas digitales pueden adquirir una importancia desproporcionada para menores vulnerables, pero también que la explicación de un ataque exige examinar el contexto clínico y personal de quienes lo cometen, sin reducirlo a una sola referencia cultural.
El precedente más citado en torno a la violencia escolar y la ficción es el de Barry Loukaitis. En 1996, con 14 años, ingresó armado a un aula de álgebra de una escuela secundaria de Moses Lake, Washington, y mató a dos estudiantes y a una profesora; además, hirió a otro alumno. En su habitación se encontró Rage, novela de Stephen King publicada bajo el seudónimo Richard Bachman, sobre un adolescente armado que asesina a docentes y toma rehenes en una clase de álgebra. Los fiscales también señalaron su interés por la película Natural Born Killers.
Loukaitis fue declarado culpable en 1997. Después de que Rage fuera relacionada con otros episodios de violencia escolar, King pidió que dejara de circular. El escritor sostuvo posteriormente que su novela no había causado esos ataques, aunque podía actuar como un “acelerador” para jóvenes con problemas que ya contemplaban la violencia. Esa cautela resume el principal desafío que plantean estos cinco casos: las referencias culturales pueden ofrecer símbolos, lenguaje o modelos de identificación, pero no sustituyen el análisis de las decisiones individuales, la planificación, el entorno y las condiciones psicológicas que intervienen en cada delito.
