Coyote vs. Acme recupera con notable precisión el espíritu de los Looney Tunes y lo traslada a una historia de tribunales, conspiraciones y abusos empresariales. El resultado es una comedia disparatada que entiende que el atractivo de estos personajes no depende de modernizarlos a cualquier precio, sino de conservar la lógica implacable de sus fracasos: el Coyote siempre cae, siempre vuelve a intentarlo y siempre encuentra una nueva forma de ser víctima de sus propios artefactos.
Una película que estuvo a punto de desaparecer
La existencia misma de la película añade una capa inesperada a su argumento. En 2023, Warner Bros., propietaria histórica del universo de los Looney Tunes, retiró el filme de su calendario de estrenos. La decisión provocó protestas en internet y en otros sectores de la industria, hasta que Ketchup Entertainment adquirió los derechos de distribución y permitió que la cinta llegara finalmente a las salas.
Ese recorrido resulta especialmente significativo porque la película cuenta, precisamente, la historia de un individuo que se enfrenta a una corporación poderosa, opaca y aparentemente incapaz de asumir responsabilidades. La coincidencia no convierte el filme en una denuncia deliberada de su propio destino comercial, pero sí vuelve más resonante su premisa: una obra considerada prescindible por un gran estudio termina encontrando una vía para sobrevivir gracias a la presión pública.

El caso que el Coyote decide llevar a juicio
La trama parte de una idea tan sencilla como fértil: Wile E. Coyote demanda a Acme Corporation por los daños provocados por los productos que la empresa le vende. Durante décadas, cohetes, explosivos, patines propulsados y otros dispositivos han terminado aplastándolo, incendiándolo o lanzándolo por los aires. La película convierte esa repetición cómica en una cadena de pruebas contra el fabricante.
Para representar al demandante aparece Kevin Avery, un abogado de Albuquerque interpretado por Will Forte. Avery se encuentra en una situación profesional tan precaria que preferiría cerrar un acuerdo antes que enfrentarse a Acme. Su pasante Paige, interpretada por Lana Condor y presentada además como su sobrina, lo persuade para aceptar el caso. Frente a ellos está Buddy Crane, un litigante con abundantes recursos encarnado por John Cena, antiguo rival de Avery en la facultad de Derecho y defensor de los intereses de la compañía.
El conflicto se complica cuando el Gallo Claudio advierte a Crane que no debe revelar determinados secretos corporativos durante el juicio. La prohibición introduce el motor clásico de cualquier historia de conspiración: cuanto más intenta la empresa controlar el relato, más evidente se vuelve que sus productos defectuosos no son el único problema que necesita ocultar.
El homenaje funciona porque no trata a los personajes con solemnidad
Dave Green dirige una película de animación híbrida en la que conviven actores reales y figuras dibujadas. La decisión podría haber producido una mezcla incómoda, pero aquí sirve para subrayar la diferencia entre el mundo cotidiano de los abogados y la física imposible de los Looney Tunes. Bugs Bunny, Piolín, la Abuelita, Elmer Gruñón y el Pato Lucas aparecen sin desplazar el centro de la historia, mientras la mayoría de los personajes animados cuentan con la voz de Eric Bauza.
El guion de Samy Burch parte de una columna publicada por Ian Frazier en 1990 en Shouts & Murmurs, a partir de una historia desarrollada junto con Jeremy Slater y James Gunn. Ese origen explica parte de la seguridad tonal de la película: quienes la escribieron conocen la mitología de los dibujos, pero no parecen interesados en demostrarlo a cada minuto. El filme evita convertir el homenaje en una exhibición de referencias y deja que el humor surja de la conducta de los personajes.
Incluso las alusiones a Warner Animation Group, presentado en los títulos iniciales como una subsidiaria de Acme Corporation, funcionan mejor por su ligereza que por su agresividad. La película lanza indirectas a su antiguo estudio, pero no se detiene a ajustar cuentas. Su objetivo principal sigue siendo contar una historia, no explicar las circunstancias que casi impidieron su estreno.
La vieja persecución adquiere una lectura más amarga
La eficacia de Coyote vs. Acme está en reconocer que la persecución del Coyote y el Correcaminos ya contiene una estructura narrativa completa. El Correcaminos corre; el Coyote persigue; un plan aparentemente perfecto fracasa; el intento se repite. No hay una evolución tradicional, pero sí una forma de identidad: el Coyote existe porque persigue, incluso cuando esa tarea lo conduce inevitablemente al desastre.
La película relaciona esa mecánica con el mito de Sísifo y, de manera más precisa, con la interpretación de Albert Camus. Sísifo no es solo un condenado a repetir una tarea absurda; también es alguien que, dentro de esa repetición, se apropia de su destino. El Coyote hace algo parecido. Sus explosivos fallan, sus trampas se vuelven contra él y Acme nunca responde como debería, pero aun así regresa al camino. La insistencia no elimina el absurdo: le da una razón para continuar.
Trasladada al terreno judicial, esa idea transforma al personaje en una figura del ciudadano común frente a una corporación impersonal y protegida por conexiones políticas. La desconfianza hacia las empresas, el Gobierno y las instituciones recuerda el trasfondo paranoico de los dibujos originales, nacidos en una época marcada por la Guerra Fría y por la sátira social. El humor sigue siendo físico, exagerado y ligeramente cruel, pero debajo de cada golpe aparece una pregunta más seria: ¿qué ocurre cuando el sistema que causa el daño también controla las reglas para investigarlo?
Una victoria improbable que termina hablando por sí misma
La película no abandona su tono absurdo para ofrecer respuestas solemnes. Su inteligencia está en permitir que la crítica avance dentro de la comedia, sin convertir a los personajes en portavoces de una tesis. El juicio contra Acme amplía la mitología del Coyote y, al mismo tiempo, conserva la simplicidad que hizo perdurable su enfrentamiento con el Correcaminos.
Al final de los créditos, los cineastas agradecen a quienes publicaron mensajes, compartieron información, sostuvieron carteles y alzaron la voz para defender el estreno. Ese gesto conecta de forma inevitable la ficción con la historia real de la película. Coyote vs. Acme no necesitaba hablar explícitamente de su propia supervivencia para hacerlo: basta con que una obra sobre un personaje condenado a fracasar haya conseguido llegar a la pantalla. Clasificada PG, con una duración de una hora y 41 minutos, la cinta se estrena en cines como una comedia animada que convierte el fracaso repetido en una forma inesperada de resistencia.
