El rector de la Universidad Iberoamericana Ciudad de México, Luis Arriaga Valenzuela, advirtió que atribuir la calidad de la dieta únicamente a decisiones individuales invisibiliza las barreras territoriales, sociales y económicas que condicionan el acceso a alimentos saludables. En un ensayo reciente, sostuvo que mejorar los hábitos personales es valioso, pero insuficiente ante monopolios corporativos, inequidad sistémica y falta de alternativas accesibles.

Arriaga señaló que responsabilizar al comprador ofrece una lectura parcial de la crisis alimentaria. En América Latina y el Caribe conviven 33 millones de personas con carencias alimentarias y 141 millones de adultos con obesidad, dos condiciones que, según el académico, forman parte de una misma estructura excluyente orientada al lucro.
Aunque el hambre registró una reducción de 27,4%, 181,9 millones de habitantes de la región no cuentan con recursos para adquirir nutrientes de calidad. Las brechas afectan de forma desproporcionada a mujeres, pueblos originarios y comunidades rurales, de acuerdo con el análisis citado.
El clima agrava las dificultades de acceso
El ensayo vincula la justicia alimentaria con la crisis climática. América Latina figura como la segunda región más expuesta a catástrofes meteorológicas, una condición que amenaza el abastecimiento y la estabilidad de las cosechas. Los grupos campesinos e indígenas, identificados como guardianes de la riqueza biológica regional, se encuentran entre los más afectados por sequías e inundaciones intensificadas por el calentamiento global.
Para atender el problema, Arriaga plantea modificar prácticas agroindustriales que deterioran los suelos, generan emisiones y contaminan el agua. Entre las medidas que menciona están fortalecer la siembra familiar, impulsar el comercio de proximidad, preservar semillas originarias y rediseñar los entornos urbanos para ampliar el acceso a productos frescos.
El rector también destacó el valor colectivo de la alimentación. Según registros jesuitas citados por Arriaga, la mesa ha funcionado como espacio de encuentro, transmisión de conocimientos y construcción de confianza. Advirtió que comer de forma aislada, frente a dispositivos electrónicos, en horarios irregulares y sin conocer el origen de los alimentos puede debilitar los vínculos comunitarios y la conciencia sobre el territorio y quienes hacen posible cada comida.
