La denuncia contra el director jurídico de la Secretaría de Fomento e Impulso a la Competitividad (SEFIRC) de Coahuila expone tensiones estructurales que trascienden el caso individual. Dos empleadas, bajo anonimato, señalaron hostigamiento sexual, invitaciones a consumir estupefacientes y represalias laborales cuando rechazaron las propuestas. La titular de la dependencia aseguró que no existe registro formal ni anónimo de quejas, mientras la Secretaria de las Mujeres recordó que desde noviembre de 2024 existe un protocolo que permite denunciar directamente ante su oficina para evitar que el superior sea juez y parte.
El Protocolo publicado en el Periódico Oficial busca resolver el dilema clásico de las víctimas que temen represalias al denunciar a su jefe inmediato. Sin embargo, la ausencia de quejas registradas contrasta con el relato de las afectadas, quienes afirman haber informado verbalmente a la titular de SEFIRC sin que se activaran mecanismos de protección. Esta discrepancia revela un problema de implementación más que de diseño normativo.
La distancia entre norma y práctica
El nuevo protocolo representa un avance conceptual al ofrecer una vía alternativa al órgano interno de control. Permite que las víctimas acudan a la Secretaría de las Mujeres y reciban acompañamiento especializado. No obstante, la efectividad depende de que las funcionarias perciban que el mecanismo es seguro y que no derivará en aislamiento profesional o pérdida del empleo. Los testimonios recogidos muestran que esa percepción de seguridad aún no se ha consolidado dentro de la SEFIRC.

Analistas de políticas de género observan que en dependencias estatales mexicanas persiste una cultura de lealtad vertical que desincentiva las denuncias. Cuando el presunto agresor ocupa una posición jurídica clave, como en este caso, las empleadas calculan el costo de confrontar una estructura que puede protegerlo. El protocolo intenta romper esa dinámica, pero su éxito requiere demostraciones concretas de que quienes denuncian no sufren consecuencias negativas.
Efectos en el mercado laboral femenino estatal
Este episodio incide directamente en la participación de mujeres en el servicio público coahuilense. Cuando se difunden casos de acoso sin resolución visible, otras funcionarias evalúan si vale la pena permanecer en ambientes donde el poder se ejerce de forma arbitraria. Datos del INEGI sobre violencia laboral indican que en entidades del norte del país la tasa de denuncias formales sigue siendo inferior al 15 % de los incidentes reportados en encuestas anónimas, lo que sugiere un subregistro sistemático.
La desconfianza institucional genera además un efecto de autoselección: mujeres con mayor capital social o redes externas tienden a abandonar dependencias problemáticas, mientras que quienes carecen de alternativas permanecen en silencio. Este patrón debilita la diversidad de perfiles dentro de la administración pública y reduce la capacidad de las secretarías para retener talento calificado.
Tres tensiones estructurales
Primero, existe una asimetría de información entre las cabezas de dependencia y las víctimas potenciales. La titular de SEFIRC afirma no tener conocimiento formal de quejas, pero las empleadas sostienen que informaron verbalmente. Esta brecha evidencia que los canales informales de comunicación no se traducen automáticamente en expedientes administrativos.
Segundo, el poder jurídico del acusado añade una capa de complejidad. Al tratarse del director jurídico, las víctimas anticipan que cualquier procedimiento podría ser cuestionado o ralentizado desde dentro de la misma secretaría. El protocolo intenta eludir este obstáculo al derivar la denuncia a otra instancia, pero la percepción de riesgo persiste mientras no se documenten casos exitosos de protección.
Tercero, la garantía de no represalias requiere mecanismos de seguimiento independientes. Sin auditorías externas que verifiquen que las denunciantes mantienen sus condiciones laborales, el protocolo corre el riesgo de convertirse en una declaración de buenas intenciones sin consecuencias prácticas.
Perspectivas de los actores involucrados
Desde la óptica de la Secretaría de las Mujeres, el protocolo constituye una herramienta de acompañamiento especializado que reduce la exposición de la víctima. Para la titular de SEFIRC, la ausencia de quejas formales indica que los mecanismos internos funcionan o que no existen hechos que ameriten denuncia. Las empleadas afectadas, en cambio, priorizan la preservación del empleo sobre la activación de procedimientos cuya efectividad desconocen.
Organizaciones de la sociedad civil que trabajan temas de violencia de género en Coahuila señalan que casos similares en otras dependencias estatales han requerido entre seis y dieciocho meses para resolverse, lapso durante el cual las víctimas suelen enfrentar aislamiento o reasignaciones que equivalen a sanciones encubiertas. Esta experiencia acumulada alimenta la cautela de las empleadas de SEFIRC.
Riesgos futuros y escenarios probables
Si el caso no deriva en una investigación documentada y en medidas de protección verificables, es probable que aumente el escepticismo hacia el protocolo en otras secretarías estatales. Por el contrario, una resolución que incluya sanciones proporcionales y garantías de estabilidad laboral para las denunciantes podría servir como precedente que eleve la confianza institucional en el corto plazo.
Otro riesgo radica en la posible judicialización del asunto. Si las víctimas optan por vías penales o laborales externas, el proceso podría extenderse varios años, manteniendo el tema en la agenda pública y afectando la imagen de la administración estatal. La ausencia de resultados visibles también podría desalentar futuras denuncias en todo el sector público coahuilense.
La evolución del caso dependerá de la capacidad de las autoridades para traducir el protocolo en acciones concretas que demuestren que denunciar no equivale a perder el empleo. Sin esa demostración práctica, el avance normativo permanecerá limitado a su dimensión declarativa.
