A 25 años del 11-S, una serie revisa las heridas abiertas y el nuevo orden mundial

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La Agencia EFE iniciará este sábado una cobertura especial por el vigésimo quinto aniversario de los atentados del 11 de septiembre de 2001, una fecha que continúa condicionando la política internacional, la memoria estadounidense y la vida de miles de personas afectadas por sus consecuencias. La guía editorial, identificada como “11S ANIVERSARIO”, reunirá entre el 5 y el 7 de septiembre reportajes, análisis, fotografías, vídeos y una cronología de la jornada que transformó a Estados Unidos y alteró la relación de Occidente con el resto del mundo.

La serie parte de una constatación central: el 11-S no pertenece únicamente al pasado. Casi 3.000 personas murieron en los ataques contra las Torres Gemelas, el Pentágono y el vuelo 93 de United Airlines, pero sus efectos se prolongan en los tribunales, en los sistemas de seguridad, en la salud pública y en las disputas geopolíticas que surgieron después. El aniversario ofrece así una oportunidad para medir no solo la persistencia del duelo, sino también el alcance de las decisiones tomadas bajo la conmoción de aquel día.

Una memoria que ha cambiado de escenario

Uno de los ejes de la cobertura será Nueva York, donde el Bajo Manhattan ha dejado de ser exclusivamente el lugar asociado a la destrucción de las torres. En un cuarto de siglo, el área se ha consolidado como un barrio residencial y empresarial, con centros culturales, nuevos espacios públicos y una elevada afluencia turística. Sin embargo, esa recuperación urbana convive con un límite claro: el memorial y el museo del 11-S mantienen en el centro del distrito la referencia permanente a las víctimas.

La transformación física del lugar ilustra una tensión que atraviesa toda conmemoración. Una ciudad necesita reconstruir su actividad cotidiana, pero no puede convertir la reconstrucción en una forma de olvido. La convivencia entre oficinas, viviendas, visitantes y espacios memoriales revela que la memoria colectiva no queda fijada en un monumento: se negocia cada día mediante los usos del espacio, las ceremonias públicas y la transmisión de lo ocurrido a quienes no lo vivieron.

Ese relevo generacional será otro de los asuntos tratados. Una parte creciente de la población estadounidense nació después de los atentados o era demasiado joven para recordarlos. Museos y escuelas afrontan, por tanto, el desafío de explicar un episodio histórico que para muchos alumnos ya no es una vivencia compartida, sino un acontecimiento estudiado. La diferencia importa porque la distancia temporal puede favorecer una lectura más crítica de las respuestas posteriores, aunque también puede debilitar el vínculo emocional con las víctimas.

Las consecuencias que siguen en los cuerpos

La programación también pondrá el foco en los supervivientes, bomberos, agentes de policía, trabajadores de emergencia y vecinos expuestos al polvo tóxico generado por el derrumbe de las Torres Gemelas. Miles de personas continúan sufriendo enfermedades relacionadas con aquella exposición, mientras aumenta el reconocimiento de quienes murieron años después a causa de dolencias vinculadas al desastre. Esta dimensión desmonta la idea de que el ataque terminó cuando cesaron los incendios: para numerosos afectados, sus efectos han sido acumulativos y de larga duración.

El caso de la salud de los intervinientes plantea además una cuestión pública de alcance mayor. Las sociedades suelen medir una catástrofe por sus víctimas inmediatas, pero las emergencias de gran escala dejan daños que aparecen con el tiempo y exigen políticas sostenidas de atención, indemnización e investigación médica. El 11-S obligó a ampliar la definición de víctima y mostró que la responsabilidad institucional no concluye con la respuesta inicial ante una crisis.

Justicia pendiente y una historia sin cierre

La cobertura desde Washington abordará otra señal de que el caso sigue abierto: el presunto cerebro de los atentados y tres acusados más continúan sin juicio definitivo. El proceso, previsto para comenzar el 5 de junio de 2028, ha permanecido más de una década estancado en la fase previa. La demora no es un mero problema administrativo. Refleja la dificultad de juzgar crímenes extraordinarios dentro de un sistema tensionado por cuestiones de detención, tortura, secreto de Estado y garantías procesales.

La prolongación de este procedimiento ha debilitado la promesa de una conclusión judicial clara para muchas familias. También expone una paradoja de la respuesta estadounidense al terrorismo: la defensa de la seguridad nacional impulsó instrumentos excepcionales que, con el paso del tiempo, complicaron la capacidad de obtener una sentencia firme y ampliamente legitimada. La justicia tardía no equivale automáticamente a justicia fallida, pero la espera prolongada puede erosionar la confianza en que las instituciones sean capaces de cerrar los casos que más las ponen a prueba.

Del ataque a la reordenación del mundo

Más allá de Estados Unidos, la serie analizará cómo el 11-S alteró el tablero internacional. Los atentados quebraron la sensación de seguridad que predominaba en Occidente tras el final de la Guerra Fría y abrieron una etapa definida por la llamada guerra contra el terrorismo. La invasión de Afganistán y, posteriormente, la de Irak situaron la seguridad en el centro de la política exterior estadounidense, pero también generaron fracturas entre aliados y una creciente desconfianza hacia Washington.

La Unión Europea ofrece un ejemplo relevante. El 11-S y la guerra de Irak dividieron a los Estados miembros entre partidarios y críticos de la intervención, aunque esa crisis también impulsó a Bruselas a desarrollar una voz propia en seguridad y política exterior. La autonomía estratégica europea no nació exclusivamente de aquel momento, pero las discrepancias sobre Irak hicieron evidente que la alianza transatlántica no eliminaba los intereses ni las valoraciones distintas sobre el uso de la fuerza.

La mirada desde El Cairo completará ese mapa con la evolución de Al Qaeda. Veinticinco años después, la organización ya no opera bajo la misma visibilidad ni con la misma estructura centralizada que tuvo en 2001. Su supervivencia depende en buena medida de una red descentralizada de grupos con agendas locales y regionales más amplias que la yihad global. Esa adaptación reduce la utilidad de entender el terrorismo como una amenaza única y homogénea: sus formas organizativas cambian según los conflictos, los vacíos de poder y las oportunidades de reclutamiento.

La conmemoración del 11-S, por tanto, no se limita a recordar una jornada de violencia extrema. Permite observar cómo un atentado aceleró decisiones que contribuyeron al desgaste de la hegemonía global estadounidense, coincidieron con el ascenso de China y alimentaron un escenario internacional más escéptico ante el multilateralismo. Recordar el 11-S con rigor implica atender a las víctimas y, al mismo tiempo, examinar qué políticas nacieron de aquella conmoción, cuáles de sus promesas siguen incumplidas y qué lecciones conserva un mundo que aún vive bajo parte de su sombra.

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