Las elecciones regionales de este domingo en Sajonia-Anhalt han dejado de ser una cita política de alcance limitado. Una victoria de Alternativa para Alemania (AfD), que los sondeos sitúan en torno al 43%, podría llevar a la ultraderecha a encabezar un gobierno regional y colocaría al canciller Friedrich Merz ante una de las pruebas más delicadas de su mandato. El desenlace dependerá tanto del resultado de la AfD como de la capacidad de los partidos tradicionales para superar el umbral del 5% y conservar una mayoría alternativa.
La aritmética electoral es determinante. Si los socialdemócratas y los verdes quedaran fuera del Parlamento regional, la AfD podría alcanzar por sí sola los escaños necesarios para que su candidato, Ulrich Siegmund, reclamara la jefatura del Gobierno del land. No se trataría únicamente de una victoria simbólica: demostraría que la formación puede transformar su primer puesto en poder ejecutivo sin necesidad de que otros partidos acepten formalmente una coalición con ella.

Una campaña marcada por el temor y la movilización
La inquietud social ha sido visible durante toda la campaña. Según una encuesta de Ipsos, más de la mitad de los alemanes considera que la AfD es un partido extremista y teme que llegue a gobernar. Un 41% afirma estar enormemente preocupado por esa posibilidad y otro 12% comparte ese temor. Aunque Sajonia-Anhalt tiene un peso demográfico menor que otros estados federados, el debate ha adquirido una dimensión nacional porque el resultado puede modificar la percepción sobre los límites reales del cordón sanitario.
Los actos de Siegmund han sido recibidos en ocasiones con protestas de grupos de izquierda y asociaciones vecinales. Sindicatos, iglesias y organizaciones civiles han convocado concentraciones bajo el lema de las “fiestas de la democracia”, con una presencia destacada de colectivos que representan a extranjeros, refugiados e inmigrantes. Para ellos, el avance de la AfD no es una discusión abstracta sobre porcentajes, sino una amenaza vinculada a su seguridad cotidiana y a su acceso a las instituciones.
“De los insultos o agresiones de neonazis pasaremos al acoso institucionalizado sobre los más vulnerables”, advierte Medina Yilmaz, berlinesa de origen kurdo, voluntaria de apoyo a refugiados y miembro de la plataforma “Nosotros somos el Este”. Su diagnóstico resume el temor a que la llegada de la AfD al poder no produzca solo cambios retóricos, sino también decisiones administrativas capaces de afectar a la política migratoria, la educación y los servicios sociales.
La economía entra en el debate electoral
Las advertencias contra la ultraderecha también proceden de sectores alejados de la movilización izquierdista. El presidente del Deutsche Bank, Christian Sewing, sostuvo en el diario Handelsblatt que el aislamiento, el nacionalismo y la incitación a la desconfianza no resolverán los problemas del país. A su juicio, esas políticas debilitan la competitividad, ahuyentan a inversores y trabajadores cualificados y ponen en riesgo el crecimiento.
El argumento económico adquiere un peso particular en una Alemania que arrastra dos años de recesión y todavía no logra consolidar la recuperación. La intervención de Sewing revela que el temor empresarial no se limita a la imagen internacional del país. También apunta a un posible deterioro de las condiciones que sostienen la inversión, la innovación y la disponibilidad de mano de obra, especialmente relevantes para regiones que necesitan atraer actividad y población.
En el terreno cultural, miles de personas han firmado un manifiesto en defensa de la Escuela Bauhaus de Dessau. Sus promotores temen que un gobierno de la AfD reduzca la financiación o tergiverse la historia de un movimiento de vanguardia perseguido por Adolf Hitler. Asociaciones de docentes han expresado preocupaciones similares ante la posibilidad de que la enseñanza de la historia quede condicionada por una interpretación partidista. En Alemania, la educación depende en buena medida de los poderes regionales, por lo que el cambio de gobierno tendría efectos concretos en las aulas.
El problema de Merz no termina en las urnas
Friedrich Merz ha acudido a Sajonia-Anhalt para alertar sobre las consecuencias económicas de un triunfo de la AfD, pero sus apariciones han sido breves y de formato reducido. En una visita a Quedlinburg, los silbidos de los manifestantes interrumpieron su intervención y el canciller se retiró cuando comenzaron las protestas. La escena contrastó con la estrategia de Siegmund, que convierte la hostilidad en una prueba de que la AfD combate contra todo el sistema político.
La comparación con Angela Merkel resulta inevitable. Alexander, un vecino de 85 años que participó en los abucheos, recuerda que la excanciller también era recibida con protestas en el este, pero soportaba la presión y terminaba ganando respeto incluso entre parte de la izquierda. Merz carece, por ahora, de esa imagen de resistencia. Su prudencia puede evitar una escalada durante la campaña, pero también deja la impresión de que la CDU afronta el desafío defensivamente.
Si la AfD no logra la mayoría absoluta, el siguiente conflicto será la formación del gobierno. El actual primer ministro regional, Sven Schulze, asumió el cargo sin pasar por las urnas después de que Reiner Haseloff abandonara inesperadamente el puesto y llega a la cita electoral unos veinte puntos por detrás de Siegmund. La CDU rechaza cooperar formalmente tanto con la ultraderecha como con La Izquierda, aunque mantiene cierto margen para tolerar gobiernos minoritarios o aceptar apoyos puntuales.
Una mayoría difícil de construir
El precedente de Turingia muestra hasta dónde puede llegar esa flexibilidad. Allí, la CDU gobierna con el consentimiento de la Alianza Sahra Wagenknecht (BSW), una fuerza prorrusa y de izquierda dispuesta a negociar con casi cualquier bloque. En Sajonia-Anhalt, sin embargo, los sondeos apuntan a que el BSW no entrará en la cámara regional, lo que elimina una salida aritmética sencilla.
El verdadero alcance de estas elecciones estará, por tanto, en la relación entre votos y capacidad de gobierno. La AfD no necesita convencer a una mayoría de alemanes para alterar el sistema: le basta con quedar primera y beneficiarse de la fragmentación de sus adversarios. Para Merz, el desafío consiste en impedir que esa ventaja se traduzca en poder ejecutivo sin romper las reglas internas de la CDU ni abrir una crisis de legitimidad entre sus socios potenciales. Sajonia-Anhalt puede ser un land pequeño, pero su resultado medirá la solidez del aislamiento político de la ultraderecha y la autoridad nacional del canciller.
