Las ocho líneas de boyas reductoras de velocidad instaladas esta semana sobre la carretera Torreón-San Pedro, a la altura del ejido La Concha, fueron retiradas después de que vecinos del fraccionamiento Villas del Renacimiento reportaran filas prolongadas, embotellamientos y retrasos en una vía que funciona como acceso principal para varios desarrollos habitacionales del sector norte de la ciudad.
La colocación de los dispositivos estuvo a cargo del Sistema Integral de Mantenimiento Vial (SIMV), como parte de una medida de seguridad asociada con un dispositivo que se instala en ese punto. Sin embargo, la respuesta de los habitantes llevó al organismo a dar marcha atrás apenas unos días después de la intervención.
Una medida de seguridad que terminó afectando la circulación
De acuerdo con los residentes, las boyas obligaban a los conductores a reducir prácticamente por completo la velocidad antes de atravesar cada línea. Esa condición, en una carretera con alta demanda vehicular, provocó que el flujo dejara de ser continuo y se formaran largas filas, particularmente durante los horarios de mayor movilidad.
El problema se agravó porque algunos automovilistas no advertían a tiempo la presencia de los reductores. Vecinos señalaron que ciertos conductores disminuían la velocidad cuando ya se encontraban cerca de la fila de vehículos detenidos, una situación que elevaba el riesgo de choques por alcance. La combinación entre frenados repentinos, tránsito acumulado y escasa capacidad de desvío convirtió una medida destinada a moderar la velocidad en un nuevo punto de conflicto vial.

El contexto de regreso a las actividades escolares
Los inconformes ubicaron la instalación en una semana marcada por la generalización de actividades en todos los niveles educativos. El regreso a las escuelas incrementó el número de desplazamientos en distintos sectores de la ciudad y elevó la presión sobre las vialidades utilizadas por familias, transporte particular y trabajadores.
Ese contexto fue determinante para la percepción vecinal. En lugar de ordenar la circulación, las boyas añadieron una interrupción física a una ruta que ya concentra los movimientos de quienes viven en Villas del Renacimiento y en otros fraccionamientos del área. La falta de rutas alternas inmediatas hizo que cualquier reducción significativa de la capacidad de la carretera tuviera efectos directos en los tiempos de traslado.
El reclamo central no fue únicamente contra el uso de reductores de velocidad, sino contra su aplicación en una vía considerada principal y, al mismo tiempo, prácticamente indispensable para acceder a varios conjuntos habitacionales. Para los residentes, la seguridad vial debía atenderse sin comprometer la movilidad de toda la zona.
El SIMV atiende la inconformidad
David Fernández Hernández, titular del SIMV, explicó que la colocación respondió a una indicación de la Dirección General de Ordenamiento Territorial y Urbanismo. Según el funcionario, los reductores debían instalarse junto con el dispositivo de seguridad previsto para ese punto de la carretera.
No obstante, tras conocer las quejas de los vecinos, el organismo descentralizado ordenó retirar las boyas el día anterior. La decisión representa una corrección rápida ante una intervención que, aunque buscaba reducir la velocidad de los vehículos, generó impactos no previstos en la operación cotidiana de la vialidad.
La reacción también muestra la importancia de evaluar una medida de tránsito en condiciones reales antes de mantenerla de manera permanente. Una solución puede ser técnicamente adecuada para disminuir la velocidad en un punto específico, pero producir efectos contraproducentes si provoca detenciones sucesivas, congestión y maniobras inesperadas.
El reto pendiente: seguridad sin perder capacidad vial
El retiro de las boyas resuelve de inmediato la molestia principal de los habitantes, pero deja abierto el objetivo que motivó su instalación: mejorar la seguridad en ese tramo. Si existe un cruce, una zona de acceso habitacional o alguna maniobra que requiera reducir la velocidad, la autoridad todavía deberá definir una alternativa que sea visible, gradual y compatible con el volumen de tránsito.
Entre los aspectos que tendrían que considerarse se encuentran la anticipación con que se informa a los conductores, la distancia entre los dispositivos, la iluminación, la señalización preventiva y la presencia de personal operativo durante los periodos de mayor flujo. También resulta relevante determinar si el problema se origina en velocidades excesivas, cruces inseguros, accesos vehiculares o una combinación de factores.
La experiencia de esta semana deja una conclusión práctica para la planeación vial: en corredores que concentran el acceso a varios fraccionamientos, cualquier intervención debe medirse no solo por su capacidad para reducir la velocidad, sino también por su efecto sobre la circulación completa. La seguridad y la movilidad no son objetivos opuestos, pero requieren diseños que eviten trasladar el riesgo de un punto a otro o convertir un acceso estratégico en un cuello de botella.
