Una expedición en los lagos Manapouri y Te Anau, en Nueva Zelanda, capturó peces a más de 400 metros de profundidad y abrió la posibilidad de que habite allí una especie aún no identificada. El equipo encabezado por la investigadora Roe Stuart instaló trampas cebadas con Marmite a distintas cotas y encontró ejemplares en todas ellas, un resultado inusual para ambientes lacustres tan profundos.

Un ecosistema casi sin registros
Manapouri alcanza 467 metros y Te Anau, 430. Antes de esta campaña, los registros de organismos en aguas profundas de Nueva Zelanda apenas llegaban a unos 90 metros. La diferencia no es solo técnica: revela que una parte sustancial de la biodiversidad de estos lagos permanecía fuera del alcance de los muestreos convencionales. También se comprobó que ambos cuerpos de agua conservan oxígeno hasta el fondo, una condición decisiva para sostener vida en zonas sin luz.
Las capturas incluyeron bullies nativos y galáxidos de alrededor de 12 centímetros. Stuart considera que algunos ejemplares podrían pertenecer al grupo de los koaro, aunque presentan ojos mucho mayores y poros sensoriales prominentes en la parte superior de la cabeza. Esos rasgos son compatibles con una adaptación a la oscuridad permanente: una mayor capacidad para captar señales visuales limitadas y detectar estímulos del entorno mediante sensores corporales.
La genética definirá el hallazgo
Las pruebas genéticas determinarán si se trata de una población adaptada de koaro o de una nueva especie. Estudios previos ya habían detectado diferencias corporales entre koaro de lagos y arroyos, sin una separación genética clara, por lo que la apariencia singular no basta para una clasificación definitiva. Aun así, el descubrimiento modifica la discusión sobre conservación: actividades y contaminantes de superficie pueden afectar ecosistemas profundos que apenas empiezan a ser conocidos. Identificar qué vive en esas cuencas será un paso previo para protegerlas con criterios basados en evidencia.
