El líder de Hezbolá, Naim Qassem, reiteró el viernes su llamado a Irán para mantener la alianza estratégica, en respuesta a las exigencias de desarme total formuladas por el secretario de Estado estadounidense Marco Rubio y los países del Consejo de Cooperación del Golfo. Este pronunciamiento, realizado durante la conmemoración de Ashura, refleja la persistencia de tensiones regionales que se remontan a décadas atrás y que ahora adquieren nuevas dimensiones tras el inicio de hostilidades directas entre Irán e Israel en marzo de 2026.
La petición de Qassem no surge de manera aislada. Desde la fundación de Hezbolá en 1982, durante la invasión israelí al Líbano, el grupo chií ha dependido de Irán para armamento, entrenamiento y financiamiento. Esta relación se consolidó tras la revolución islámica de 1979 en Teherán, que buscó exportar su modelo de resistencia contra Occidente. En la práctica, Irán ha suministrado misiles de precisión y sistemas de drones que permitieron a Hezbolá mantener una capacidad disuasoria frente a Israel, como se evidenció en la guerra de 2006, cuando el grupo resistió un mes entero de operaciones militares israelíes.

Orígenes y consolidación de la alianza Irán-Hezbolá
La conexión entre ambos actores trasciende lo meramente militar. Irán ha invertido recursos considerables en infraestructura social libanesa a través de Hezbolá, incluyendo escuelas, hospitales y redes de asistencia que llenaron vacíos dejados por el Estado libanés tras la guerra civil de 1975-1990. Este modelo de poder paralelo explica por qué las exigencias de desarme total encuentran resistencia interna: cualquier reducción de capacidades militares de Hezbolá afectaría directamente su influencia política y social dentro de la comunidad chií, que representa alrededor del 30 por ciento de la población libanesa.
El contexto inmediato de la declaración de Qassem se remonta al 2 de marzo de 2026, cuando Hezbolá inició ataques contra posiciones israelíes en apoyo a Irán, tras el inicio de una confrontación directa entre Teherán, Estados Unidos e Israel. Esta escalada introdujo un nuevo actor no estatal en un conflicto interestatal, alterando los cálculos estratégicos de todas las partes involucradas. Rubio y los países del Golfo respondieron el 25 de junio exigiendo el monopolio estatal sobre el uso de la fuerza en Líbano, una postura que coincide con los intereses de Riad y Abu Dabi, que ven en Hezbolá una extensión de la influencia iraní en el Mediterráneo oriental.
Presiones externas y la soberanía libanesa
La exigencia de desarme completo plantea interrogantes sobre la viabilidad institucional del Líbano. Desde la independencia en 1943, el país ha operado bajo un sistema de reparto sectario que ha dificultado la construcción de unas fuerzas armadas unificadas y efectivas. El ejército libanés, con apenas 60 000 efectivos y presupuesto limitado, no ha logrado sustituir las capacidades de Hezbolá en la frontera sur. Intentos previos de desarme, como los previstos en la resolución 1559 del Consejo de Seguridad de 2004, fracasaron por la falta de consenso interno y la oposición activa del grupo.
Las negociaciones entre Israel y Líbano en Washington, mencionadas por Rubio como cercanas a una declaración de intenciones, excluyen formalmente a Hezbolá. Sin embargo, el propio grupo ha advertido que ningún acuerdo será viable sin su participación. Este veto efectivo complica la hoja de ruta hacia la paz, ya que cualquier entendimiento que ignore la realidad militar sobre el terreno corre el riesgo de repetirse en el futuro, como ocurrió tras la retirada israelí del sur del Líbano en 2000.
Impactos regionales y escenarios a largo plazo
La continuidad de la alianza Irán-Hezbolá podría reforzar la capacidad de Teherán para proyectar poder en el Levante, afectando directamente los esfuerzos de normalización entre Israel y varios países árabes iniciados con los Acuerdos de Abraham en 2020. Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos, que han priorizado la contención iraní, podrían intensificar su apoyo diplomático y económico a facciones libanesas opuestas a Hezbolá, profundizando la polarización interna del país. Al mismo tiempo, una eventual reducción de la influencia de Hezbolá abriría espacio para que el Estado libanés recupere autoridad sobre sus fronteras, facilitando la implementación de reformas económicas exigidas por el Fondo Monetario Internacional.
En términos más amplios, el equilibrio que Qassem menciona entre la fuerza iraní y la capacidad de combate sobre el terreno ha demostrado ser un factor determinante en la disuasión mutua. Si esta ecuación se altera mediante el desarme unilateral, Israel podría percibir una ventana de oportunidad para operaciones preventivas, mientras que Irán podría buscar compensar la pérdida reforzando otros proxies en Irak o Yemen. El resultado sería una mayor fragmentación de la seguridad regional, con efectos secundarios sobre el tráfico marítimo en el Mediterráneo oriental y los precios energéticos globales.
La conmemoración de Ashura, cargada de simbolismo chií sobre la resistencia frente a la opresión, sirvió en esta ocasión como plataforma para reafirmar la unidad entre Hezbolá e Irán. Esta narrativa de continuidad histórica sugiere que las presiones externas, lejos de debilitar la alianza, pueden reforzarla al presentarla como una cuestión de supervivencia colectiva. Los próximos meses serán decisivos para determinar si las conversaciones de Washington logran sortear este obstáculo o si el Líbano permanece atrapado entre exigencias contradictorias de actores externos.
