El Calendario de Córdoba revela la complejidad agrícola de al Andalus en el siglo X

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El llamado Libro de la división de los tiempos, conocido también como Calendario de Córdoba, ofrece una de las descripciones más detalladas de la relación entre las estaciones, las labores del campo y la vida cotidiana en la Córdoba andalusí del siglo X. La obra, dedicada al califa omeya Alhakén II y redactada en el año 961 por el obispo mozárabe Recemundo, no se limita a registrar fechas: reúne conocimientos agronómicos, observaciones fenológicas y referencias a los usos alimentarios, medicinales y económicos de numerosas plantas.

Su valor histórico reside precisamente en esa combinación. El texto permite reconstruir qué se cultivaba, cuándo se sembraba o recolectaba y qué técnicas empleaban los agricultores, pero también muestra la diversidad de un paisaje agrario sostenido por el regadío, la fertilidad de las vegas y una organización del trabajo estrechamente vinculada al ciclo natural. La información, sin embargo, debe interpretarse con cautela, ya que muchas denominaciones medievales no tienen una correspondencia inequívoca con las especies identificadas por la botánica actual.

Un calendario organizado por el trabajo rural

La sucesión anual descrita por Recemundo incluye una extensa relación de tareas agrícolas. Entre ellas figuran la poda y el injerto, la siembra, la plantación de huesos, bulbos y esquejes, el uso de estacas para sostener olivos y frutales, el trasplante de plantones y la conducción de parras y otras plantas trepadoras. El calendario también menciona la cosecha, la trilla, la evaluación de los rendimientos, el secado de higos, la preparación de conservas y jarabes, la recolección de plantas medicinales y la obtención de aceites a partir de jugos vegetales.

La enumeración apunta a una agricultura que requería conocimientos especializados y una distribución precisa de las labores. No se trataba únicamente de producir cereales: los agricultores debían manejar cultivos arbóreos, huertas, viñedos, plantas medicinales y especies destinadas a tintes, condimentos o usos artesanales. La referencia a la polinización artificial, a la protección de las semillas frente a las heladas y al abonado de los jardines sugiere prácticas que combinaban la experiencia acumulada con una observación minuciosa de las condiciones ambientales.

El texto registra asimismo los cambios visibles en los campos: la circulación de la savia, la aparición de las primeras hojas, la floración de narcisos, rosas y lirios, el crecimiento de los cereales, el engrosamiento de las habichuelas, la llegada de los melones y la maduración progresiva de los frutos. La caída de las hojas y el final de las legumbres de verano completan una secuencia que convierte a la vegetación en un indicador del calendario agrícola.

El Calendario de Córdoba revela la complejidad agrícola de al Andalus en el siglo X

Huertas, acequias y diversidad de cultivos

Las huertas ocupaban un lugar destacado en el sistema productivo andalusí. Las vegas de los ríos proporcionaban suelos favorables, mientras que los sistemas de regadío permitían aprovechar y distribuir el agua con regularidad. En ese entorno se cultivaban verdolagas, remolachas, coles, pepinos, berenjenas, melones, coliflores, calabazas, sandías, habas, nabos, zanahorias, acelgas, lechugas, rábanos, berros, puerros y ajos, entre otras hortalizas.

La relación de especies revela una dieta y una economía agrícola más diversificadas que las asociadas habitualmente a una agricultura medieval basada en el trigo. A las verduras se sumaban especias y plantas aromáticas, como el azafrán, la pimienta, el anís, la albahaca, el eneldo y la mejorana, además de especies ornamentales como el jazmín, la rosa y el mirto. Su presencia indica que el valor de una planta podía ser alimentario, comercial, medicinal, ceremonial o estético, y que esos usos coexistían dentro de un mismo territorio.

El arbolado también formaba parte esencial del paisaje. El Calendario cita palmeras, olivos, granados, cidros o toronjos, perales, manzanos, limoneros, higueras, cerezos, albaricoqueros, nogales, membrillos, plátanos y almendros. En los campos y junto a caminos y acequias se combinaban frutales, cultivos herbáceos y zonas de paso, creando un mosaico productivo en el que los límites entre explotación agrícola y vegetación auxiliar podían ser menos rígidos que en los paisajes contemporáneos.

Junto a las huertas y los frutales, el libro menciona extensos cultivos de trigo y cebada, así como caña de azúcar, algodón, viñedos y arrozales. La diversidad no implica que todos ellos tuvieran la misma importancia ni que se distribuyeran de forma uniforme por al Andalus, pero sí confirma la existencia de una agricultura capaz de integrar producciones destinadas al consumo local y otras vinculadas a materias primas, transformación y comercio.

Especies desaparecidas y memoria del territorio

Una de las aportaciones más relevantes del texto es la identificación de plantas que han perdido protagonismo o han desaparecido prácticamente como cultivos. La coloquíntida (Citrullus colocynthis) se plantaba por la pulpa amarga de su fruto, utilizada como purgante drástico, aunque su elevada toxicidad ha llevado a prohibirla en la actualidad. El cártamo (Carthamus tinctorius) servía para extraer aceite de sus semillas y tintes de sus flores, mientras que el sebestén (Cordia myxa) proporcionaba frutos comestibles, aplicaciones medicinales y una sustancia adhesiva conocida como liga.

El azufaifo (Ziziphus jujuba) es otro ejemplo de una especie que pasó de tener utilidad cotidiana a ocupar una posición marginal. El Calendario señala que sus frutos comenzaban a madurar en agosto. Hasta hace pocas décadas, las azufaifas se apreciaban como alimento, la madera se empleaba en artesanía e instrumentos y la medicina tradicional aprovechaba distintas partes del árbol. En la actualidad, la especie sobrevive sobre todo en huertos particulares y en iniciativas puntuales de recuperación.

Una referencia de 1906, recogida por el farmacéutico y escritor Francisco Avilés y Merino en su obra La Sierra de Córdoba, confirma que los azufaifos todavía se cultivaban en la sierra cordobesa a comienzos del siglo XX. El dato conecta la agricultura descrita en época califal con una memoria rural mucho más reciente y muestra que la desaparición de un cultivo no suele producirse de forma inmediata: responde a cambios en los hábitos de consumo, en la rentabilidad, en las técnicas de producción y en la disponibilidad de mercados.

También destaca el arto (Ziziphus lotus), un endemismo iberoafricano localizado en el sureste español y presente en un pequeño núcleo próximo a Medina Azahara. Se considera la única población silvestre de esta especie en Andalucía Occidental y, con probabilidad, procede de antiguas introducciones. El botánico especializado en historia de las plantas Esteban Hernández Bermejo ha planteado que sus setos pudieron utilizarse como defensas espinosas para marcar lindes, una práctica aún observable en Marruecos.

El Calendario de Córdoba no permite dibujar por sí solo un mapa completo del campo andalusí, pero sí aporta una evidencia excepcional sobre su funcionamiento. Su lectura conjunta con la arqueología, la historia del regadío y la botánica histórica permite entender que aquel paisaje no era estático ni uniforme: dependía de ciclos naturales, técnicas de manejo y decisiones económicas que determinaron qué especies prosperaron y cuáles terminaron relegadas. Esa perspectiva convierte una obra del siglo X en una fuente útil no solo para estudiar el pasado agrícola, sino también para valorar la pérdida contemporánea de variedades, conocimientos y usos asociados a las plantas.

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