La advertencia conjunta del primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, y del ministro de Defensa, Israel Katz, transforma una serie de lanzamientos aparentemente rudimentarios en un nuevo punto de tensión entre Israel y Hamás. El mensaje fue directo: si continúan los lanzamientos de cometas, drones y globos hacia territorio israelí, las Fuerzas de Defensa de Israel intensificarán las operaciones específicas contra quienes los responsables. Las autoridades también anunciaron que evacuarán a la población de las zonas de Gaza desde las que se produzcan los lanzamientos.
El hecho inmediato es limitado, pero políticamente significativo. Medios israelíes reportaron que el sábado fueron localizadas cuatro cometas en comunidades próximas a la frontera con la Franja de Gaza y que el ejército derribó otra el domingo. Con los incidentes acumulados durante los últimos días, alrededor de diez cometas habrían sido recuperadas. Ninguna contenía explosivos, según los reportes disponibles. El ejército israelí, sin embargo, estudia si Hamás está utilizando estos dispositivos para probar sus tiempos de detección y respuesta.
El objeto es simple; la señal estratégica, no
Una cometa no equivale a un cohete ni produce, por sí misma, el mismo nivel de destrucción. Esa diferencia material es importante para medir la amenaza, pero no basta para interpretar el episodio. Los lanzamientos tienen tres posibles efectos: obligan a mantener vigilancia, generan alarma en comunidades que ya fueron atacadas el 7 de octubre de 2023 y permiten ensayar la reacción israelí con un coste operativo reducido.
La lógica militar es conocida. Un actor puede emplear dispositivos baratos para observar qué sensores los detectan, cuánto tarda la cadena de mando en clasificarlos y qué unidades son movilizadas para neutralizarlos. Incluso cuando el objeto no transporta explosivos, la respuesta puede revelar patrones de vigilancia. La información obtenida no necesita ser perfecta para resultar útil: basta con identificar horarios, sectores menos cubiertos o procedimientos que se repiten.
La hipótesis de que Hamás esté detrás de los lanzamientos sigue siendo una valoración del ejército israelí, no un hecho demostrado públicamente en el comunicado citado. Esa distinción debe conservarse porque Gaza alberga distintos grupos armados y también pueden producirse acciones autónomas, provocaciones locales o incidentes sin una orden centralizada. Atribuir cada lanzamiento a Hamás puede facilitar una respuesta rápida, pero también puede ampliar el margen de error de una operación militar.

El antecedente de los globos y las cometas incendiarias explica por qué Israel no considera estos objetos una cuestión menor. En episodios anteriores, artefactos similares fueron utilizados para provocar incendios en campos agrícolas cercanos a Gaza. Su efectividad no dependía de una sofisticada precisión, sino de su capacidad para aprovechar el viento, multiplicar los puntos de vigilancia y afectar una zona extensa con recursos muy limitados.
La frontera vive bajo una memoria de amenaza
Para las comunidades israelíes cercanas a Gaza, el debate no se desarrolla en un vacío. Varias de ellas fueron atacadas durante la ofensiva de Hamás del 7 de octubre de 2023, y la percepción de seguridad quedó profundamente dañada. Uri Epstein, representante de las comunidades fronterizas, declaró a Channel 12 que los habitantes no están dispuestos a minimizar las nuevas señales de amenaza. Su frase, “las señales están en el cielo y es responsabilidad del ejército actuar a tiempo”, resume una presión política que puede ser más determinante que el daño físico registrado.
El primer efecto sustantivo recae sobre la vida cotidiana. Cada objeto detectado puede activar alertas, desviar patrullas, suspender actividades al aire libre y obligar a revisar instalaciones agrícolas o residenciales. La ausencia de explosivos reduce el daño inmediato, pero no elimina el coste acumulado de la incertidumbre. En regiones que dependen de la agricultura, el turismo interno y la continuidad laboral, una amenaza de baja intensidad puede generar pérdidas indirectas superiores a las que produciría un único incidente aislado.
También existe una dimensión psicológica. El lanzamiento de objetos visibles desde la distancia crea una sensación de vulnerabilidad distinta a la de un ataque que llega sin aviso. La población puede observar la amenaza y, al mismo tiempo, no saber si se trata de una provocación, una prueba técnica o el preludio de un dispositivo más peligroso. Esa ambigüedad favorece la movilización política y dificulta que las autoridades calibren la respuesta sin parecer pasivas.
La respuesta israelí enfrenta un dilema operativo
Israel intenta resolver dos problemas al mismo tiempo. Debe demostrar que puede proteger a sus comunidades fronterizas y debe evitar que una respuesta desproporcionada convierta una serie de incidentes sin explosivos en una escalada abierta. La fórmula elegida por Netanyahu y Katz, basada en “operaciones específicas”, busca transmitir precisión y disuasión. No obstante, la precisión anunciada políticamente no garantiza una operación limitada en el terreno.
La amenaza de evacuar a la población de las áreas gazatíes desde las que se lancen cometas, drones o globos introduce una nueva variable. Una evacuación temporal puede tener una finalidad militar: despejar una zona antes de atacar posiciones o impedir que civiles sean utilizados como cobertura. Pero, en un territorio densamente poblado y sometido a desplazamientos reiterados, la medida también puede ser interpretada como castigo colectivo o como una ampliación de la presión sobre la población civil.
Ahí aparece el primer gran riesgo jurídico y político. La legalidad de cualquier operación dependerá de la naturaleza concreta del objetivo, la información disponible, la proporcionalidad de la fuerza y las medidas adoptadas para proteger a civiles. Una orden general de evacuación que no ofrezca rutas seguras, tiempo suficiente o condiciones mínimas de desplazamiento puede producir una crisis humanitaria aunque el objetivo militar inicial sea pequeño. La declaración de que se actuará contra “los responsables” tendrá que traducirse en criterios verificables de identificación, algo difícil cuando la atribución pública sigue siendo incompleta.
El segundo dilema es tecnológico. Los drones pequeños y los globos pueden volar bajo, presentar firmas reducidas y confundirse con objetos civiles. Las cometas, además, dependen de condiciones meteorológicas cambiantes. Derribar cada objeto mediante sistemas costosos puede ser operacionalmente eficaz, pero económicamente ineficiente. Una defensa que emplee medios diseñados para amenazas mayores corre el riesgo de quedar atrapada en una ecuación desfavorable: el atacante paga poco por lanzar y el defensor gasta mucho para detectar, clasificar y neutralizar.
La asimetría de costos favorece la presión constante
El episodio ilustra una tendencia que afecta a la seguridad fronteriza en todo el mundo: la democratización de las herramientas de hostigamiento. No hace falta disponer de misiles sofisticados para alterar rutinas militares y civiles. Un dron comercial modificado, un globo o una cometa pueden forzar el despliegue de cámaras, observadores, unidades de intervención y sistemas de alerta. La tecnología reduce la barrera de entrada para los actores no estatales y desplaza la competencia hacia la vigilancia, la atribución y la velocidad de respuesta.
La dimensión económica puede medirse de forma sencilla, aunque no existan cifras públicas sobre el coste de cada interceptación en este episodio. El dispositivo lanzado puede ser desechable, mientras que la respuesta incluye personal militar, horas de vuelo, mantenimiento de sensores, coordinación de inteligencia y eventuales cierres de áreas. Si los lanzamientos se repiten sin causar daños directos, el objetivo puede ser precisamente obligar a Israel a sostener un nivel de alerta costoso durante semanas.
Este modelo de desgaste no busca necesariamente atravesar las defensas. Puede perseguir otros resultados: demostrar que la frontera sigue siendo permeable, alimentar la frustración de los residentes, forzar a Israel a responder y mantener la atención pública sobre Gaza. La eficacia política de la acción, por tanto, no se mide solo por incendios o víctimas. También se mide por la capacidad de imponer una agenda y elevar el costo de la normalidad.
La segunda conclusión es que una respuesta militar aislada difícilmente resolverá el problema. Puede detener un punto de lanzamiento o destruir un equipo, pero no elimina la capacidad de fabricar y desplegar artefactos baratos. Sin una estrategia complementaria de vigilancia, comunicación de crisis y reducción de incentivos, cada operación puede abrir un nuevo ciclo: lanzamiento, represalia, condena, reorganización y nuevo lanzamiento.
Entre la disuasión y el riesgo de una lectura equivocada
Para el gobierno israelí, mantener una línea dura responde a una demanda concreta de sus comunidades fronterizas. Tras el trauma de 2023, cualquier señal de tolerancia puede ser interpretada como una repetición de los errores que precedieron a aquel ataque. La advertencia pública también busca reconstruir credibilidad frente a Hamás y frente a los propios ciudadanos: la seguridad debe demostrarse antes de que los objetos incorporen una carga explosiva.
Desde la perspectiva de Hamás y de otros grupos armados, la situación puede leerse de otra forma. Los lanzamientos permiten conservar una capacidad de presión con medios limitados y explotar la sensibilidad israelí ante cualquier amenaza aérea. Pero existe una contradicción estratégica: cuanto más visible sea la vinculación con estas acciones, mayor será el riesgo de que Israel las utilice como fundamento para operaciones más profundas. Una provocación de bajo costo puede terminar generando un precio militar y político mucho mayor para Gaza.
La población gazatí se encuentra en una posición distinta a la de los actores armados. Si las evacuaciones se aplican de manera amplia, los civiles asumirán las consecuencias de una decisión que no controlan. Las familias desplazadas, los comercios, los agricultores y los servicios locales podrían enfrentar nuevas interrupciones. La controversia central no será únicamente si Israel tiene derecho a neutralizar una amenaza, sino cómo distingue entre quienes lanzan los dispositivos y quienes viven cerca de los puntos utilizados.
Los gobiernos extranjeros y las organizaciones humanitarias observarán especialmente esa diferencia. Un incidente sin explosivos no elimina la responsabilidad de impedir ataques, pero sí puede elevar el umbral de exigencia sobre la proporcionalidad de la respuesta. La presión internacional aumentará si las operaciones producen víctimas civiles, desplazamientos masivos o daños a infraestructura sin una prueba pública que conecte los objetivos atacados con los lanzamientos.
Qué puede ocurrir en las próximas semanas
El escenario más probable es una intensificación gradual de la vigilancia y de los ataques puntuales contra supuestos equipos de lanzamiento. Israel tratará de actuar antes de que los dispositivos alcancen las comunidades fronterizas, mientras Hamás o grupos asociados podrían variar los horarios, las trayectorias y los tipos de artefactos. Los drones ofrecen mayor control que las cometas, pero también dejan una firma tecnológica más identificable. Los globos y las cometas son menos precisos, aunque pueden sostener una campaña de hostigamiento con recursos mínimos.
Un segundo escenario consiste en una contención negociada, directa o indirecta. En ese caso, el cese de los lanzamientos se intercambiaría por una reducción de ataques israelíes o por ajustes en determinadas restricciones. La dificultad está en verificar quién controla realmente los puntos de lanzamiento. Si existen varios grupos con autonomía operativa, un acuerdo con Hamás podría no bastar para detener todos los incidentes, y una sola acción no autorizada podría reactivar la crisis.
El tercer escenario es el de una escalada por error de cálculo. Un objeto inicialmente vacío puede incorporar una carga en un episodio posterior; una intercepción puede causar daños en una zona poblada; o una operación destinada a destruir un equipo puede alcanzar a civiles. La presión política acumulada reduce el espacio para la prudencia: después de cada incidente, los dirigentes deben responder a una opinión pública que exige acción, mientras los mandos militares intentan preservar información y margen operativo.
Las señales que conviene seguir son concretas. El aumento de la frecuencia de lanzamientos será más relevante que el número acumulado de cometas recuperadas. También importará si aparecen cargas incendiarias o explosivas, si se utilizan trayectorias coordinadas y si Israel amplía las zonas de evacuación. En el plano diplomático, habrá que observar si los mediadores consiguen establecer un mecanismo de verificación y si las autoridades israelíes publican pruebas que sustenten la atribución a Hamás.
La amenaza actual no reside únicamente en cinco cometas derribadas o en aproximadamente diez objetos recuperados. El verdadero peligro está en que una táctica de bajo costo sea incorporada a una competencia permanente de desgaste, en la que cada parte interprete la contención del rival como debilidad. Israel enfrenta la obligación de proteger a sus comunidades sin convertir la respuesta en un castigo indiscriminado; Hamás y los demás grupos deben calcular que una acción barata puede desencadenar consecuencias difíciles de controlar. La forma en que se gestione esta diferencia entre el tamaño físico de la amenaza y su carga política determinará si el episodio queda como un incidente fronterizo o se convierte en otro peldaño de la escalada en Gaza.
