Modelo de consumo desechable impulsa residuos en eventos masivos

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El académico Alessandro Questa Rebolledo, de la Universidad Iberoamericana, señaló que la basura generada en partidos, conciertos y concentraciones masivas no puede explicarse únicamente por conductas individuales. Su análisis sitúa el origen del problema en un sistema económico que privilegia productos de un solo uso y envases múltiples en cada transacción comercial. Esta perspectiva obliga a examinar cómo el crecimiento del comercio electrónico y la distribución masiva de bienes han multiplicado las capas de cartón, plástico y unicel que terminan en la vía pública después de cualquier reunión multitudinaria.

El fenómeno no es reciente ni exclusivo de México. Desde la expansión del polietileno y el poliestireno expandido a mediados del siglo XX, las cadenas de suministro globales adoptaron embalajes protectores como norma para reducir pérdidas durante el transporte. En América Latina, la apertura comercial de las décadas de 1980 y 1990 aceleró esta tendencia al facilitar la entrada de productos importados que llegaban envueltos en materiales de un solo uso. Las ciudades mexicanas, al igual que São Paulo, Buenos Aires o Madrid, heredaron infraestructuras de recolección pensadas para volúmenes menores y ritmos de generación más estables.

Durante los grandes eventos deportivos, el volumen de residuos puede multiplicarse por cinco o seis respecto a un día ordinario. En el Estadio Azteca, por ejemplo, se han registrado picos de más de 25 toneladas de basura tras partidos de alto perfil, compuestas principalmente por vasos, bandejas y empaques de alimentos. La Ciudad de México cuenta con rutas de recolección diseñadas para flujos regulares; cuando estos flujos se alteran, los camiones y plantas de separación quedan saturados en cuestión de horas. Esta presión revela limitaciones estructurales que van más allá de la falta de contenedores en los estadios.

El componente social que menciona Questa Rebolledo se vincula directamente con la fragmentación urbana. En zonas donde la provisión de servicios públicos es irregular y la tenencia de la vivienda precaria, el sentido de corresponsabilidad sobre el espacio compartido se debilita. Estudios realizados en delegaciones como Iztapalapa y Gustavo A. Madero han mostrado que los programas de separación de residuos en origen obtienen tasas de participación inferiores al 30 % cuando los vecinos perciben que el servicio de recolección posterior es ineficiente. La desigualdad, por tanto, no solo afecta el acceso a bienes, sino también la disposición a cuidar los bienes colectivos.

Repercusiones ambientales más allá del evento

El impacto ambiental de los empaques excesivos se manifiesta en múltiples escalas temporales. Los plásticos de un solo uso que sobreviven a los sistemas de recolección terminan en rellenos sanitarios o cuerpos de agua. El caso del río Tláhuac-Chalco, que recibe parte de los desechos de la zona oriente de la Ciudad de México, ilustra cómo materiales de eventos masivos contribuyen a la formación de microplásticos que luego ingresan a la cadena alimentaria agrícola. Investigaciones del Instituto de Ciencias del Mar y Limnología de la UNAM han detectado concentraciones elevadas de partículas de polietileno en suelos de cultivo cercanos a canales de drenaje, lo que plantea riesgos para la inocuidad alimentaria a mediano plazo.

A nivel regional, la falta de políticas que obliguen a los fabricantes a reducir capas de embalaje perpetúa un círculo vicioso. En Europa, la Directiva de Plásticos de un Solo Uso de 2019 impuso metas de reducción que obligaron a cadenas de comida rápida a rediseñar sus empaques; sin embargo, en México la regulación sigue centrada en el consumidor final más que en el productor. Esta asimetría regulatoria facilita que productos con embalajes sobredimensionados sigan llegando al mercado, incrementando la carga sobre los municipios que deben gestionar los residuos después de cada concierto o partido.

Efectos en la economía circular y el empleo

La transición hacia sistemas de manejo de residuos más eficientes podría generar oportunidades laborales en clasificación y valorización, pero también exige inversiones iniciales que muchos ayuntamientos no pueden realizar sin apoyo federal. El programa de separación de residuos implementado en Monterrey entre 2018 y 2022 demostró que, cuando se combina infraestructura adecuada con campañas de corresponsabilidad, la tasa de reciclaje puede subir del 8 % al 22 % en tres años. No obstante, el mismo programa reveló que los eventos masivos siguen siendo un punto débil: los residuos recolectados en el Estadio Universitario presentaban tasas de contaminación cruzada superiores al 60 %, lo que reduce drásticamente el valor comercial de los materiales recuperados.

Desde una perspectiva más amplia, el modelo de consumo basado en empaques excesivos afecta la balanza comercial de materiales secundarios. México importa grandes volúmenes de resina virgen mientras exporta escaso plástico reciclado de calidad. Si las políticas públicas no vinculan la reducción de embalajes con incentivos fiscales para el uso de materiales reciclados, el país seguirá dependiendo de importaciones y mantendrá un déficit en la balanza de materiales circulares.

Consecuencias políticas y de gobernanza

La discusión planteada por Questa Rebolledo obliga a repensar la asignación de responsabilidades entre gobierno, empresas y ciudadanía. Cuando las autoridades locales carecen de capacidad para procesar picos de residuos, la tentación de trasladar la culpa exclusivamente a los asistentes resulta políticamente atractiva pero técnicamente insuficiente. Experiencias en Barcelona tras el Mobile World Congress mostraron que la colaboración entre organizadores de eventos y la empresa municipal de limpieza permitió reducir en un 35 % los residuos enviados a vertedero mediante la instalación de estaciones de separación en los accesos y la contratación de personal temporal especializado.

A largo plazo, la persistencia de un modelo económico que genera residuos estructurales erosiona la confianza institucional. Los ciudadanos que observan que sus esfuerzos de separación no se traducen en resultados visibles tienden a abandonar esas prácticas. Esta dinámica debilita la posibilidad de construir políticas públicas ambiciosas de economía circular, ya que cualquier iniciativa requiere un mínimo de corresponsabilidad social que solo surge cuando existe percepción de eficacia institucional.

El análisis del académico de la Iberoamericana invita a considerar que la reducción de residuos en eventos masivos no se resolverá con campañas de concientización aisladas. Requiere modificar los incentivos que operan desde la fase de diseño del producto hasta la logística de distribución, pasando por una reforma de los sistemas de recolección que reconozca la desigualdad territorial como factor que limita la participación ciudadana. Sin esa mirada estructural, las concentraciones multitudinarias seguirán siendo espejos de un problema más amplio que excede los límites de cualquier estadio o arena.

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