Wimbledon no es solo el torneo de tenis más antiguo del mundo ni uno de los cuatro Grand Slams. Es un espacio que mantiene un equilibrio deliberado entre tradición y modernidad, donde cada detalle —desde la altura exacta del césped hasta el color de la ropa— responde a decisiones tomadas hace más de un siglo y que siguen vigentes.
El All England Club abrió sus puertas en 1869 como club de croquet en Worple Road. Diez años después incorporó el lawn tennis y cambió de nombre. El primer campeonato oficial se celebró en 1877 con 22 jugadores y 200 espectadores. La lluvia ya obligó entonces a aplazar la final. Esa misma superficie de hierba, cuidada con precisión milimétrica, sigue siendo hoy la seña de identidad del torneo.
El césped como vínculo con el pasado
Mientras la mayoría de los grandes torneos abandonó la hierba, Wimbledon la mantuvo. Las 18 canchas de competición y las 20 de entrenamiento reciben atención durante todo el año por parte de 28 especialistas. Se utiliza una variedad de raigrás perenne seleccionada desde 2001 por su resistencia al juego moderno. La altura se reduce gradualmente desde 13 milímetros en invierno hasta exactamente 8 milímetros en mayo. El corte se realiza cada dos días.
Un halcón llamado Rufus sobrevuela cada mañana el complejo para ahuyentar palomas que podrían dañar las pistas. A medida que avanza el torneo, el césped se desgasta especialmente cerca de las líneas de fondo, transformando la superficie y obligando a los jugadores a adaptar su desplazamiento.

La norma del blanco y su origen victoriano
El código de vestimenta exige que todos los jugadores compitan íntegramente de blanco. La regla surgió en la época victoriana para disimular la transpiración. Aunque el tenis profesional ha cambiado radicalmente, Wimbledon mantiene la exigencia. La única flexibilización reciente permitió, desde 2023, prendas interiores de otros colores bajo las faldas o shorts femeninos. Los recogepelotas también adoptaron en 2006 uniformes azul marino y crema diseñados por Ralph Lauren.
Frutillas con crema: una tradición que genera pertenencia
Cada edición se consumen alrededor de 190.000 porciones de frutillas con crema, lo que equivale a 28 toneladas de fruta y más de 7.500 litros de nata. Este detalle, aparentemente menor, forma parte del mismo tejido de identidad que el césped y el blanco: crea un vínculo sensorial y repetido que distingue al torneo de cualquier otro.
Lluvia, techo y límites municipales
Durante más de un siglo la lluvia fue el principal obstáculo. Los techos retráctiles de la Central y de la pista 1, inaugurados en 2009 y 2019 respectivamente, permitieron continuar los partidos bajo techo y con iluminación artificial. Sin embargo, el distrito de Merton prohíbe espectáculos públicos después de las 23 horas. Esa norma municipal sigue aplicándose incluso cuando un partido se encuentra en el quinto set.
Wimbledon incorpora innovaciones solo cuando estas no alteran su esencia. Mantiene la hierba, el blanco y el horario límite porque entiende que su prestigio no depende de parecer moderno, sino de preservar un conjunto coherente de decisiones históricas que el público y los jugadores reconocen y respetan. Esa consistencia explica por qué, más de 140 años después de su primera edición, el torneo sigue siendo reconocible al instante.
