La queja de Sabalenka convierte el olor a marihuana en una prueba de autoridad para el US Open

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Aryna Sabalenka llegó al US Open de 2026 con una aspiración deportiva de enorme calibre: conquistar su tercer título consecutivo en Nueva York y convertirse en la primera tenista que logra esa secuencia desde Serena Williams, campeona entre 2012 y 2014. Pero durante su victoria por 6-3 y 6-4 ante Kamilla Rakhimova, el foco se desplazó por unos minutos de la pelota al aire: la número uno del cuadro se detuvo al saque, dejó caer dos veces la bola y reclamó a la jueza de silla Eva Asderaki-Moore por un intenso olor a marihuana procedente del entorno de la cancha Louis Armstrong.

El episodio no fue una simple anécdota de torneo ni una protesta aislada de una estrella. Expone una tensión cada vez más visible entre la legalidad del consumo recreativo de cannabis en Nueva York, vigente para mayores de 21 años desde 2021, y el deber de los organizadores de ofrecer condiciones previsibles de competencia. El US Open prohíbe fumar y vapear dentro de su complejo, pero Flushing Meadows no es una burbuja cerrada: limita con espacios públicos de Corona Park, recibe decenas de miles de personas y convive con una ciudad donde el olor a cannabis se ha integrado al paisaje urbano cotidiano.

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Un incidente breve con consecuencias que no son menores

Sabalenka no alegó una infracción táctica de su rival ni pidió una ventaja extraordinaria. Su reclamo fue más elemental: poder competir sin una distracción olfativa persistente. “Pueden hacer lo que quieran, pueden fumar lo que quieran, pueden relajarse todo lo que puedan, pero por favor, no lo hagan alrededor de una cancha de tenis”, dijo después del encuentro. La formulación importa porque evita convertir el asunto en una discusión moral sobre el cannabis. La bielorrusa no cuestionó la legalidad de la sustancia; cuestionó el lugar y el momento de su consumo.

La árbitra actuó dentro de sus posibilidades inmediatas: contactó por radio a un directivo del torneo e indicó con un gesto que el problema era el humo. Sin embargo, esa reacción revela el límite operativo. A diferencia de un grito localizado, una luz molesta o un espectador que interrumpe el saque, un olor puede viajar con el viento, provenir de una grada indeterminada o incluso llegar desde fuera del perímetro controlado. Sabalenka reconoció esa incertidumbre al señalar que no sabía si el humo venía del público o del exterior.

El hecho de que el partido se reanudara sin una interrupción prolongada no elimina la relevancia competitiva. En tenis, especialmente al servicio, la repetición mental y la concentración son activos decisivos. La jugadora elige una rutina, controla la respiración, calcula riesgo y velocidad, y ejecuta un movimiento de precisión en pocos segundos. Una molestia intensa puede no cambiar por sí sola el resultado de un punto, pero sí altera la estabilidad de esa rutina. Para una tenista de élite, el estándar no consiste en demostrar que una distracción la derrotó, sino en poder exigir que esa distracción evitable sea reducida.

La frontera abierta de Flushing Meadows

La discusión gana complejidad porque el US Open es al mismo tiempo un evento deportivo privado, una gran operación comercial y una cita que utiliza infraestructura conectada a un parque público. El estadio Louis Armstrong, segundo recinto en tamaño del torneo, concentra una gran atención mediática, pero la situación se percibe con especial fuerza en la Cancha 17, cercana a zonas de picnic de Corona Park. Esa proximidad física debilita cualquier promesa de aislamiento absoluto: las normas internas del complejo no pueden regular por completo lo que sucede a pocos metros de sus accesos o límites.

Esta es la primera idea de fondo: la legalización ha modificado el entorno social mucho más rápido de lo que han evolucionado los protocolos de los grandes eventos. Cuando una práctica deja de estar penalizada, aumenta su visibilidad y cambia la expectativa de quienes la realizan. Sin embargo, que una conducta sea legal no significa que resulte compatible con todos los espacios. Los estadios, los aeropuertos, los hospitales y los recintos escolares mantienen restricciones precisamente porque el derecho individual de consumo convive con derechos de terceros: salud, seguridad, comodidad y condiciones adecuadas para desarrollar una actividad.

El US Open ya cuenta con una regla formal contra fumar y vapear. El problema es la distancia entre la norma y su aplicación. Una prohibición funciona cuando puede ser comunicada, vigilada y sancionada de forma razonablemente consistente. Si los aficionados consideran que las zonas periféricas, los pasillos o las áreas próximas al parque quedan fuera de la fiscalización real, la señal regulatoria se vuelve ambigua. En eventos multitudinarios, la ambigüedad rara vez favorece el cumplimiento; suele trasladar la carga al personal de seguridad, a los jueces y, finalmente, a los propios deportistas que deben denunciar la situación.

De la protesta de Mannarino a una señal repetida

La queja de Sabalenka tampoco apareció en el vacío. Durante la primera semana, el francés Adrian Mannarino expresó su frustración tras caer en segunda ronda y afirmó que olía a marihuana en la cancha, además de criticar el ruido al considerar que el entorno se estaba convirtiendo en “un zoológico”. Sus palabras fueron más ásperas, pero apuntaban a un mismo fenómeno: la experiencia del torneo se está alejando de la lógica tradicional de un recinto de tenis, donde el silencio relativo y la atención al juego eran parte del producto deportivo.

Dos denuncias de perfiles distintos no prueban por sí mismas una crisis generalizada, pero sí justifican que la organización trate el asunto como una pauta y no como un incidente irrepetible. Mannarino es un veterano habituado a circuitos muy diversos; Sabalenka es la principal favorita y una de las jugadoras con mayor exposición global. Cuando ambos detectan el mismo factor ambiental en una misma edición, el torneo recibe una señal útil sobre la experiencia real de los participantes.

Aquí surge una segunda conclusión: el riesgo principal no es que el cannabis “arruine” el tenis, sino que la repetición de pequeñas alteraciones normalice un descenso del estándar organizativo. Los Grand Slams compiten por prestigio, audiencias, patrocinadores y capacidad de atraer a las mejores figuras. Wimbledon se asocia a códigos de conducta y ceremonial; Roland Garros, a una atmósfera intensa pero delimitada; Melbourne, a una experiencia tecnológica y expansiva. Nueva York puede y debe conservar su energía particular, pero esa identidad no necesita equivaler a una aplicación laxa de normas que afectan directamente al juego.

El negocio del espectáculo y el derecho a competir

La Asociación de Tenis de Estados Unidos, organizadora del torneo, enfrenta una disyuntiva menos simple de lo que parece. Una respuesta excesivamente agresiva puede generar enfrentamientos con asistentes, aumentar costos de seguridad y proyectar una imagen poco hospitalaria en una ciudad que valora sus espacios públicos. Una respuesta pasiva, en cambio, puede reforzar la percepción de que los jugadores están expuestos a condiciones arbitrarias según la cancha, el horario y la dirección del viento. En un deporte individual, esa desigualdad ambiental tiene una sensibilidad particular.

Para los tenistas, la cuestión incluye salud y rendimiento, pero también equidad. Algunos deportistas pueden ser más sensibles a los olores, tener antecedentes respiratorios o simplemente depender de una preparación mental rígida. Resulta difícil medir cuánto afecta el humo a cada jugador, y esa dificultad hace inviable convertir cada reclamo en una revisión competitiva. Precisamente por eso la responsabilidad debe estar antes del partido: prevención, vigilancia y rutas claras de intervención, no decisiones improvisadas cuando una figura ya ha interrumpido su servicio.

Los aficionados también tienen intereses legítimos. Muchos compran entradas costosas para pasar largas jornadas al aire libre, socializar y participar de una experiencia urbana menos solemne que la de otros torneos. No todos quienes disfrutan de ese ambiente fuman, y tampoco todos los consumidores desean hacerlo junto a una cancha. Presentar el debate como una confrontación entre jugadores “elitistas” y público “libre” simplifica un asunto que admite soluciones concretas: proteger el espectáculo y la libertad personal sin permitir que una interfiera materialmente en la otra.

Los patrocinadores constituyen otro actor relevante. Las marcas invierten en el US Open por su alcance internacional y por la asociación con atletas de alto rendimiento. La presencia ocasional de ruido, olores o comportamientos de público es parte de cualquier evento masivo; una percepción repetida de descontrol, en cambio, puede afectar el valor de ese escaparate. La reputación no se erosiona solo por grandes escándalos. También se deteriora cuando los participantes empiezan a describir el entorno como imprevisible o ajeno a la exigencia del deporte que se vende.

La respuesta no debería recaer en la jueza de silla

El caso muestra una debilidad de diseño operativo: la jueza de silla fue obligada a gestionar una situación que excede su radio de acción. Su tarea central es dirigir el partido, aplicar el reglamento, controlar el marcador y resolver incidentes dentro de la cancha. Puede alertar a los responsables, como hizo Asderaki-Moore, pero no identificar la fuente de un olor disperso ni vigilar perímetros externos. Convertir al arbitraje en ventanilla inicial de un problema ambiental retrasa la respuesta y añade tensión al encuentro.

Una política más eficaz requeriría tres capas. La primera es preventiva: señalización visible en accesos, zonas de tránsito y áreas limítrofes con el parque, con mensajes explícitos sobre la prohibición de fumar o vapear y sobre las consecuencias de incumplirla. La segunda es operativa: equipos de seguridad capacitados para patrullar los sectores de mayor riesgo, en particular las canchas próximas a espacios abiertos. La tercera es de escalamiento: un canal directo entre supervisores de cancha, seguridad y dirección del torneo que permita actuar antes de que el jugador deba detener el partido.

Esta tercera conclusión tiene una implicación más amplia para el deporte profesional. Los eventos ya no administran únicamente gradas y accesos; gestionan experiencias permeables a la ciudad, a la legislación local y a hábitos de consumo cambiantes. El modelo de seguridad basado exclusivamente en impedir objetos prohibidos en la entrada resulta insuficiente cuando el problema puede originarse en áreas externas, legalmente accesibles y físicamente contiguas. La gestión moderna necesita mapas de riesgo, observación de patrones y coordinación con autoridades locales, no solo un reglamento colgado en una puerta.

Un precedente para otros torneos urbanos

La controversia puede anticipar discusiones similares en otras competencias disputadas en grandes centros urbanos donde el cannabis recreativo es legal o está en proceso de regulación. El tenis es especialmente sensible porque sus partidos alternan momentos de alta intensidad con pausas silenciosas, y porque las canchas menores acercan a los jugadores mucho más al público. Pero el dilema alcanza también al golf, al béisbol, al atletismo y a conciertos deportivos al aire libre. A medida que las normativas cambien, los organizadores deberán distinguir con mayor precisión entre tolerar una conducta legal y permitir que afecte el desarrollo de una actividad regulada.

Para Sabalenka, el asunto no impidió avanzar. Superó a Rakhimova en dos sets, aunque el segundo parcial duró 54 minutos, un minuto más que todo su encuentro anterior. Reconoció además que su rival elevó el nivel y la obligó a mejorar. Su siguiente desafío será Taylor Townsend, que eliminó a Diana Shnaider por 6-2, 6-7 (3), 6-3. Esa continuidad competitiva evita sobredimensionar el incidente como explicación del resultado, pero no invalida el reclamo: una campeona que persigue un hito histórico no debería tener que adaptarse a factores que el propio torneo declara prohibidos.

El riesgo para el US Open no reside en una polémica de un día, sino en ignorar la información que deja. Si el olor a marihuana continúa apareciendo en las declaraciones de los jugadores, la organización deberá responder con medidas verificables, no con gestos puntuales. La singularidad neoyorquina puede seguir siendo una ventaja cultural y comercial del torneo, siempre que no transforme el entorno de competencia en una variable incontrolable. En ese equilibrio se juega algo más que la comodidad de Sabalenka: se juega la credibilidad de un Grand Slam que exige excelencia a los tenistas y debe exigírsela también a sí mismo.

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