La ONU convierte el mapa en un asunto político: Equal Earth gana terreno frente a Mercator

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La aprobación en la Asamblea General de Naciones Unidas de una resolución para abandonar progresivamente la proyección de Mercator no modifica fronteras, tratados ni relaciones de poder. Sin embargo, interviene en un terreno menos visible y de enorme alcance: la forma en que gobiernos, escuelas, empresas tecnológicas y ciudadanos imaginan el planeta. Con 164 votos a favor, seis abstenciones y el rechazo de Estados Unidos, la iniciativa presentada por Togo y respaldada por la Unión Africana coloca a la cartografía en el centro de una discusión sobre representación, conocimiento y desigualdad simbólica.

El texto alienta a los Estados miembros, organismos internacionales y entidades relevantes a adoptar proyecciones más precisas, con una preferencia explícita por Equal Earth. La formulación importa: no establece una prohibición jurídica inmediata sobre Mercator ni fija un calendario obligatorio, pero sí crea una referencia política internacional. En el lenguaje diplomático, esa diferencia separa una declaración de principios de una transformación institucional efectiva. El alcance real dependerá ahora de decisiones administrativas, curriculares, presupuestarias y tecnológicas tomadas fuera de la sala de votación.

El problema no es que Mercator sea “falso”, sino para qué fue creado

La proyección de Mercator fue diseñada por Gerardus Mercator en 1569 para resolver un problema específico de navegación marítima. Su principal virtud es que conserva los ángulos locales: una ruta de rumbo constante puede trazarse como una línea recta, característica extraordinariamente útil para navegantes que trabajaban con brújula. El coste técnico de esa ventaja es conocido desde hace siglos: la escala se amplía a medida que aumenta la distancia respecto del ecuador. No es un error accidental, sino una consecuencia matemática de proyectar una esfera sobre una superficie plana.

Por ello, la discusión pública se empobrece cuando se presenta como una guerra entre un “mapa correcto” y otro “engañoso”. No existe una proyección plana que preserve simultáneamente áreas, formas, distancias y direcciones en todo el globo. Cada mapa selecciona qué propiedad priorizar. Mercator privilegia direcciones y formas locales; Equal Earth privilegia las áreas relativas. Para navegación tradicional, Mercator conserva utilidad. Para educación geográfica, visualización de población, clima, recursos, biodiversidad, desarrollo o poder territorial, su sesgo de tamaño puede inducir interpretaciones equivocadas.

La diferencia visual es contundente. Groenlandia, con alrededor de 2,16 millones de kilómetros cuadrados, puede parecer comparable a África en un mapamundi Mercator. África supera los 30 millones de kilómetros cuadrados: es aproximadamente catorce veces mayor. También cabe en África, con distintos márgenes según el ajuste cartográfico utilizado, Estados Unidos, China, India y buena parte de Europa. Cuando esos contrastes se repiten en aulas, medios, atlas y plataformas digitales, dejan de ser una curiosidad geométrica y pasan a formar parte de la intuición colectiva.

Una corrección visual con efectos sobre el imaginario político

La resolución de la ONU parte de una tesis deliberadamente política: las distorsiones heredadas de la historia han contribuido a minimizar simbólicamente a África y a otras regiones del Sur Global. Esa afirmación exige precisión. Un mapa por sí solo no explica el colonialismo, la desigualdad comercial ni la distribución de la influencia diplomática. Atribuirle esa capacidad sería confundir una representación con las estructuras económicas y militares que ordenan el mundo. Pero tampoco es razonable tratarlo como un objeto inocente cuando participa en la formación de percepciones desde la infancia.

El primer efecto sustancial de la iniciativa puede estar en la educación. Los materiales escolares no solo enseñan capitales y océanos: fijan escalas mentales sobre centralidad, periferia, cercanía y magnitud. Si un estudiante observa durante años una Europa, Norteamérica o Rusia visualmente sobredimensionadas, mientras África, América Latina y el sur de Asia aparecen comprimidos, adquiere una imagen espacial que puede influir en cómo interpreta población, mercados, recursos y relevancia estratégica. Equal Earth no resuelve el problema de una educación eurocéntrica, pero elimina una de sus bases visuales más persistentes.

La segunda consecuencia afecta a las narrativas de desarrollo. África alberga más de 1.500 millones de habitantes, posee 54 Estados miembros de la ONU y concentra recursos minerales, energéticos y agrícolas decisivos para cadenas globales de suministro. América Latina reúne vastas reservas de agua dulce, cobre, litio, biodiversidad y capacidad alimentaria. El sur de Asia es uno de los principales centros demográficos y manufactureros del planeta. Una cartografía que reduce visualmente estas regiones puede reforzar, incluso sin intención, la idea de que son escenarios secundarios en lugar de actores estructurales de la economía mundial.

La propuesta africana busca cambiar quién define la escala del mundo

La diplomacia togolesa y la Unión Africana han conseguido desplazar una cuestión antes confinada a especialistas hacia un foro político global. El ministro de Exteriores de Togo, Robert Dussey, resumió el argumento al advertir que un mapa moldea la imaginación y condiciona la percepción del lugar de pueblos y continentes. La relevancia de esa frase está menos en su carga retórica que en el origen de la iniciativa: son países africanos quienes han convertido una crítica largamente formulada por cartógrafos, educadores y movimientos culturales en una resolución respaldada mayoritariamente por Estados.

Hay aquí una tercera lectura: la disputa cartográfica forma parte de una demanda más amplia por revisar los estándares desde los que se representa y mide el mundo. En los últimos años, los debates sobre reforma financiera internacional, representación en organismos multilaterales, gobernanza climática, restitución patrimonial y lenguaje de desarrollo han compartido una misma pregunta: ¿quién decide las categorías que parecen neutrales? La proyección cartográfica no reemplaza esas agendas, pero se integra en ellas como un símbolo visible de la asimetría entre quienes definen los marcos y quienes aparecen dentro de ellos.

Francia dio una señal política relevante al anunciar que dejará de utilizar Mercator en favor de representaciones más fieles a la realidad geográfica. El ministro Jean-Noël Barrot subrayó que Estados Unidos, Rusia y China adquieren una importancia visual desproporcionada en esa proyección. La posición francesa tiene valor porque procede de una potencia europea con larga historia colonial y porque puede acelerar revisiones en instituciones educativas, museos, servicios públicos y organismos europeos. Aun así, será necesario distinguir entre el anuncio diplomático y su aplicación verificable en documentos oficiales, sistemas de información y programas escolares.

La industria digital tendrá que separar navegación de representación

El desafío más complejo no se encuentra necesariamente en los atlas de papel, sino en la infraestructura digital. Mercator y, sobre todo, la variante Web Mercator dominan servicios de mapas, plataformas de movilidad, comercio electrónico, análisis geoespacial y aplicaciones móviles. Su adopción no se explica solo por costumbre: permite dividir el mundo en mosaicos cuadrados, facilita el zoom continuo y se integró tempranamente en estándares técnicos populares. Millones de desarrolladores trabajan sobre esa arquitectura, a menudo sin tomar una decisión explícita sobre la proyección.

Eso implica que la recomendación de Equal Earth no puede traducirse mecánicamente en sustituir toda base cartográfica digital. Para una aplicación de reparto, una ruta marítima o una navegación urbana, la prioridad puede ser la continuidad visual, el cálculo de trayectos y la compatibilidad con datos existentes. Para un tablero global de emisiones, una visualización de cobertura forestal o una lección sobre distribución territorial, una proyección equivalente resulta más adecuada porque evita inflar las superficies de latitudes altas. La innovación real será aprender a seleccionar mapas según la pregunta, no imponer una única imagen para todos los usos.

Este punto introduce una controversia legítima. Algunos cartógrafos temen que la campaña contra Mercator convierta una decisión técnica en un juicio moral simplificado. Tienen razón al advertir que ninguna proyección es universal y que Equal Earth también deforma formas, distancias y direcciones. Sin embargo, esa objeción no invalida la resolución: más bien obliga a aplicarla con rigor. Reemplazar Mercator por Equal Earth en un mural escolar global es coherente con el objetivo de preservar áreas; usar Equal Earth para navegación de precisión sin explicar sus límites sería una nueva forma de mala práctica.

Estados Unidos queda aislado, pero el voto no resuelve la transición

El voto en contra de Estados Unidos destaca por su aislamiento, aunque la información disponible no detalla una argumentación oficial exhaustiva. Es posible que influyan reservas sobre el alcance de la recomendación, la defensa de herramientas ampliamente implantadas o una cautela frente a la politización de estándares técnicos. También debe considerarse que Washington dispone de una extensa infraestructura geoespacial, científica y militar construida sobre convenciones propias. La abstención de seis países revela, por su parte, que el consenso sobre el principio no elimina las dudas sobre implementación, costes o compatibilidad.

El riesgo más inmediato es el de la adopción simbólica. Gobiernos y organismos pueden cambiar mapas decorativos en conferencias internacionales sin revisar los materiales que verdaderamente forman percepciones: libros de texto, exámenes, portales estadísticos, presentaciones ministeriales, mapas meteorológicos, bases de datos y productos digitales. Una transición seria requiere licencias de materiales, capacitación docente, guías para comunicadores, actualización de plantillas y criterios técnicos diferenciados por uso. Sin esos pasos, la resolución puede producir titulares poderosos pero efectos limitados.

También existe un riesgo de sustitución acrítica. Equal Earth conserva las áreas, pero no representa bien todas las relaciones espaciales relevantes. Las proyecciones azimutales pueden ser preferibles para trayectorias aéreas; las locales, para planificación urbana; las conformes, para ciertos usos náuticos y topográficos. La alfabetización cartográfica debería enseñar a preguntar qué se conserva, qué se distorsiona y qué objetivo persigue un mapa. La mejor consecuencia de la resolución sería que los usuarios dejen de mirar un planisferio como una fotografía objetiva del planeta y empiecen a leerlo como una herramienta con decisiones incorporadas.

Del gesto diplomático a un nuevo estándar cultural

La tendencia más probable es una coexistencia prolongada. Equal Earth puede consolidarse en educación, organismos multilaterales, informes de desarrollo, divulgación científica y visualizaciones globales; Mercator seguirá presente en productos donde sus propiedades técnicas sean útiles o donde el coste de migración sea alto. En paralelo, los proveedores de datos geoespaciales podrían ofrecer con mayor facilidad capas y plantillas intercambiables, permitiendo que un mismo conjunto de información se vea bajo proyecciones distintas según el contexto.

La decisión de la Asamblea General tiene, por tanto, una ambición mayor que redibujar un mapamundi. Introduce un criterio de responsabilidad en una tecnología cultural que suele pasar desapercibida. Cambiar la representación no redistribuye automáticamente poder ni riqueza, pero puede corregir una base cognitiva desde la cual se interpreta el poder existente. El resultado dependerá de que la ONU, los gobiernos y las plataformas digitales conviertan esa declaración en prácticas concretas, sin reemplazar una simplificación por otra y sin olvidar que la precisión cartográfica también exige explicar sus límites.

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