La propuesta de fertilizar los océanos con hierro para acelerar la captura de CO2, defendida por investigadores de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria y la Universidad de Jiaotong, abre un debate técnico que trasciende la mera viabilidad científica. Aunque los océanos ya absorben una fracción importante del dióxido de carbono atmosférico, la intervención humana a gran escala introduce variables cuyo alcance resulta difícil de predecir con precisión actual.

Desde una perspectiva climática, la técnica podría contribuir a reducir la concentración de gases de efecto invernadero en plazos más cortos que los que ofrece exclusivamente la transición energética. Los autores argumentan que las emisiones negativas resultan indispensables para mantener el aumento de temperatura entre 1,5 y 2 °C, dado que el abandono gradual de combustibles fósiles por sí solo no basta. Esta visión implica que regiones con alta productividad marina podrían actuar como sumideros reforzados, almacenando carbono en las profundidades durante décadas.
Efectos en la cadena trófica marina
El aumento deliberado de hierro puede estimular floraciones de fitoplancton, base de la red alimentaria oceánica. En principio, un mayor volumen de biomasa vegetal podría sostener poblaciones de zooplancton y peces, beneficiando indirectamente a la pesca comercial en zonas seleccionadas. Sin embargo, el mismo mecanismo puede alterar la composición de especies: proliferaciones dominadas por determinadas diatomeas podrían desplazar otros organismos y modificar la disponibilidad de alimento para especies comerciales o protegidas.
Estudios previos sobre fertilización natural asociada al polvo sahariano muestran que los efectos no son uniformes. Algunas áreas responden con mayor absorción de carbono, mientras que otras generan blooms que se descomponen rápidamente y liberan metano o sulfuro de hidrógeno en capas intermedias. Estas variaciones locales dificultan la extrapolación a escala global y exigen modelos regionales más finos antes de cualquier despliegue operativo.
Riesgos de alteración biogeoquímica
La inyección masiva de hierro modifica los ciclos de nitrógeno, fósforo y silicio. Cuando el fitoplancton consume estos nutrientes en proporciones desequilibradas, pueden generarse zonas hipóxicas una vez que la materia orgánica se hunde y se descompone. Aunque el océano profundo actúa como reservorio de carbono a largo plazo, la formación de condiciones anóxicas cerca de la plataforma continental podría afectar hábitats bentónicos y reducir la biodiversidad local.
Otro factor poco explorado es la posible movilización de metales pesados presentes en los sedimentos. El hierro añadido podría catalizar reacciones que liberen contaminantes previamente inmovilizados, introduciendo un riesgo toxicológico adicional para organismos filtradores y, eventualmente, para la cadena alimentaria humana.
Implicaciones económicas y regulatorias
El impuesto europeo al carbono podría incentivar a empresas a financiar proyectos de fertilización en aguas internacionales para compensar emisiones que no logren reducir internamente. Esta dinámica crea un mercado emergente de créditos oceánicos, pero también plantea problemas de verificación: cuantificar el carbono realmente secuestrado y garantizar que no se libere en plazos cortos requiere sistemas de monitorización costosos y de larga duración.
Sectores como el transporte marítimo y aéreo, mencionados en la propuesta como difíciles de descarbonizar, podrían verse presionados a participar en estos esquemas. Sin embargo, la ausencia de un marco jurídico internacional consolidado genera incertidumbre jurídica sobre la propiedad de los créditos generados y la responsabilidad ante efectos transfronterizos no deseados.
Consideraciones geopolíticas y de gobernanza
Canarias se presenta como posible laboratorio natural por su ubicación y condiciones oceanográficas. Esta circunstancia podría atraer inversión científica y tecnológica, pero también concentra la atención regulatoria sobre un territorio con limitada capacidad de influencia en foros globales. Países con extensas zonas económicas exclusivas podrían reclamar derechos preferentes sobre proyectos similares, complicando acuerdos multilaterales.
La combinación de tecnologías de emisiones negativas con renovables exige una coordinación que trasciende fronteras. Si algunos Estados priorizan la fertilización mientras otros la restringen por precaución, se crean asimetrías competitivas que podrían derivar en tensiones diplomáticas o en una carrera por controlar áreas de alta productividad marina.
La urgencia climática no elimina la necesidad de evaluar cada intervención con criterios de proporcionalidad y reversibilidad. Los datos actuales sugieren que la fertilización con hierro puede formar parte de un portafolio de soluciones, siempre que se acompañe de protocolos de seguimiento rigurosos y de mecanismos de suspensión inmediata ante señales de impacto adverso. La magnitud del desafío climático justifica explorar estas vías, pero la complejidad del sistema oceánico aconseja proceder con cautela fundamentada en evidencia incremental más que en despliegues masivos prematuros.
