El Tripas lleva tres décadas al frente de una vulcanizadora en la parte baja del Cerro de la Campana, sobre la calle Río Nazas, donde la pendiente, los baches y las piedras mantienen constante la llegada de vehículos con llantas dañadas. Su negocio se identifica sin letrero formal: un rin viejo colgado de un poste y una llanta pintada de azul bastan para que los vecinos lo ubiquen.

Nadie en el barrio parece necesitar su nombre de pila. El apodo tiene dos versiones: algunos lo atribuyen a su delgadez durante su juventud y otros a su gusto por los tacos de tripa. Él no confirma ninguna. Desde las seis de la mañana trabaja con café y música de cumbia, vallenato y norteña, mientras revisa cada llanta antes de decidir si puede repararse o debe desecharse.
El parche cuesta 50 pesos y puede subir a 100 cuando el daño es mayor. A quienes no pueden pagarles de inmediato les fía y registra la deuda en un cuaderno. Taxistas, repartidores, familias con carriolas y niños con bicicletas acuden a su taller; su ayudante, El Cachetes, carga las llantas mientras El Tripas hace las reparaciones.
Además de arreglar ponchaduras, el vulcanizador se ha convertido en un punto de conversación para quienes pasan por el cerro. “La vida es como la llanta: se poncha, se parcha y sigue rodando”, suele decir. Los domingos descansa en una silla de plástico, escucha el radio y observa el movimiento de un barrio que ha visto cambiar durante 30 años.
